FORO 1

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P R E S E N T A C I Ó N

En las últimas dos décadas se ha difundido globalmente la práctica de “memorializar” sitios y edificios en los que han tenido lugar eventos de violencia, genocidios y represión durante las guerras y las dictaduras del siglo XX. En los debates académicos, ha aparecido la necesidad de cuestionar los procesos que llevan a la construcción e institucionalización de estos memoriales, así como su relación con las sociedades en las que se insertan. Los investigadores se preguntan acerca de su función para promover culturas más democráticas, sobre los intereses y los usos del pasado de los que nacen, sobre las selecciones que realizan a la hora de definir qué víctimas conmemorar, sobre su capacidad o sus limitaciones para contribuir a la difusión de perspectivas críticas para el conocimiento del pasado, más allá de la sacralización y la demonización de víctimas y victimarios (Núcleo de Estudios de Memoria, 2014).

Este primer foro de MemorÁgora se inspira en estos debates, pero desplaza el objeto de análisis hacia otro tipo de elementos conmemorativos, especialmente significativos en las demandas y políticas de memoria relativas al pasado franquista en España. El franquismo implementó iniciativas memoriales que “decoraron” las ciudades y pueblos del territorio español con infinita multitud de monumentos, arcos de triunfo, efigies y topónimos. Estos artefactos remiten a un uso específico del espacio público, ya que estaban destinados a vehicular determinados valores e interpretaciones de la historia, y rendir homenaje a ciertos héroes, que constituían los hitos de la constelación simbólica del franquismo (Box, 2010; Viejo Rose, 2014). En la línea de los debates en torno a la memorialización de lugares de violencia que se están produciendo en otras latitudes, en este foro nos preguntamos: ¿Qué se está haciendo con estos vestigios?, ¿Cuál es el tratamiento que debería darles una sociedad democrática?, ¿Cómo pueden estos elementos urbanos contribuir a un conocimiento crítico del pasado dictatorial?

En España, desde el comienzo de la transición a la democracia, el tratamiento de los vestigios del franquismo en el espacio público ha dependido de la voluntad política e iniciativa autónoma de algunas instituciones públicas, como gobiernos regionales o ayuntamientos. La llamada Ley de Memoria Histórica, promulgada por el Estado español en 2007, ha establecido por primera vez una pauta centralizada para la gestión de los vestigios de la dictadura, decretando, por ejemplo, su eliminación de todos los edificios de la administración pública. Como es sabido, la implementación de estas medidas no es lineal ni está libre de obstáculos, no sólo por la falta de voluntad política y la resistencia que generan en determinados contextos, sino también por su relación con otras medidas de conservación patrimonial, que en algunos casos pueden entrar en conflicto e impedir la eliminación de estos símbolos (Muñoz, 2008).

En este foro, nos interesa debatir sobre las iniciativas institucionales y las demandas ciudadanas que se han desarrollado y se están desarrollando en torno a los vestigios monumentales de pasados controvertidos o “disonantes”. Este debate se conecta con una reflexión más amplia, relativa a la posibilidad de construir una “memoria democrática”. A este respecto nos preguntamos con Ricard Vinyes si la memoria democrática debe ser una memoria pública inclusiva, que sirva como un “ágora” ciudadana en la cual el Estado garantice un espacio para la coexistencia y la negociación entre distintas interpretaciones del pasado; o bien si esta debe basarse en los valores éticos y las herencias históricas asumidas como propias por las actuales democracias, y conllevar la eliminación o transformación de los símbolos que vehiculan otros valores y otros relatos sobre el pasado (Vinyes, 2009). Y, en este último caso, cabría preguntarse también qué actores están legitimados para definir y seleccionar los elementos del patrimonio histórico de la democracia, y sobre la base de qué criterios debería operarse esta selección.

Volver a nacer FSC

// Fernando Sánchez Castillo // “Volver a nacer” (fotograma) // 1999 //

En relación con este problema, queremos debatir concretamente sobre las siguientes cuestiones:

/ Los criterios que justifican la necesidad o conveniencia de eliminar, mantener, catalogar o transformar los vestigios del pasado dictatorial.

// Los procesos institucionales o sociales a través de los cuales debe decidirse el futuro de estos restos.

/// Las posibilidades y los peligros que suponen estas iniciativas para la gestión o superación de los conflictos sobre el pasado.

//// La relación entre el tratamiento de estos símbolos y la construcción de un espacio público democrático.

El principal objetivo es constituir un espacio de debate sobre estas y otras cuestiones, a partir de una reflexión sobre la vida política y social de los vestigios del franquismo, pero invitando también a la comparación con otros casos. Así pues, abrimos el diálogo con la aportación de un intelectual catalán, personalmente involucrado en diversas iniciativas relacionadas con este tipo de vestigios. A partir de sus reflexiones, os invitamos a debatir los problemas y las posibilidades inherentes a la gestión de estos vestigios en España y en otras sociedades contemporáneas.

//// MariaChiara Bianchini y Equipo MemorÁgora ////

 


S O B R E  L A  R U I N A  Y  S U  R E L A T O

Lo que vemos, lo que sabemos, lo que hacemos.

//// Ricard Vinyes ////

Hoy en ruina, los monumentos del franquismo expresan el universo simbólico de la dictadura, su presencia cuenta lo que hacemos, lo que somos ahora.

He sostenido que los universos simbólicos son sistemas de comunicación de principios morales, y están confeccionados con expresiones destinadas a la articulación de un relato que convoque a la sociedad en unos determinados modelos y conductas. Las expresiones que constituyen este universo disponen de todo tipo de signos –materiales o no– para orientar la admiración pública en los valores que promueven. Cuando el relato que los articula desaparece, el sentido de este universo queda dislocado. El lenguaje de los símbolos utilizados se desvanece y lo que resta es un paisaje de signos sin gramática que subsisten como vestigios, reconocibles sólo por los iniciados. El universo simbólico del franquismo se ha descompuesto porque no articula narrativa alguna y ya no forma parte de un sistema de comunicación público. Desagregado, el sistema simbólico de la dictadura es una ruina desprovista de semántica. Muerto el relato muere la piedra. Otra cosa distinta es el «descubrimiento» de esa ruina, su uso y su incorporación, o no, a la memoria democrática, al patrimonio ético de la sociedad.

Si hablamos de patrimonio como legado, pocas cosas hay más fuertemente inscritas en las memorias de las clases subalternas que los actos contra tiranías, la sucesión de rebeliones, o los esfuerzos contra las distintas injusticias y sus consecuencias tremendas. Todo eso constituye la memoria democrática, el patrimonio ético de aquella parte de la ciudadanía que con su esfuerzo ha democratizado las relaciones sociales, ha conseguido mayores cotas de igualdad y ha dotado con un Estado de derecho a la sociedad, a pesar de la oposición de otra parte de la ciudadanía, contraria o reticente a esa democratización. Ese es el sentido del término «memoria democrática», un ágora que no alude a la «pluralidad de memorias», sino que determina un patrimonio y lo acota en los conflictos derivados de los esfuerzos y proyectos para obtener mayores niveles y calidades de igualdad.

// Visibilizar la ruina: la fotografías de Óscar Rodríguez //

Apenas cuatro años atrás, conocí el trabajo fotográfico de Óscar Rodríguez, una obra de voluntad documental que muestra las ruinas de monumentos desmedidos del falangismo y la dictadura esparcidos por bosques, cerros y vías de comunicación de toda España. Monumentos en hundimiento cuyos vecinos ni siquiera conocen en honor de quién fueron erigidos; hablo de águilas desmedidas con el pico desconchado y su pétreo plumaje descompuesto, altares en honor al caudillo colonizados por agujas, jeringas y condones, hierbas que invaden, cubren y comen signos diversos y enormes.

Carabanchel

// Puerta de la Cárcel de Carabanchel // Autor: Óscar Rodriguez // Fecha: 29.4.2015 //

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// Monumento al General Sagardía // Autor: Óscar Rodriguez // Fecha: 27.5.2012 //

Esos homenajes esparcidos y descompuestos, junto a los más conocidos monumentos urbanos, constituyen el universo simbólico de la dictadura y el Valle de los Caídos es su núcleo. ¿Qué hacemos con ello? La Ley de reparaciones de 2007 ha estimulado un auge iconoclasta, actuaciones secretas, a veces airadas, pero sin cabeza. Estimo que una actuación que concibe esos restos como patrimonio democrático debería proceder con la práctica de tres principios:

 

MIlenario del caudillo

// Miliario del Caudillo // Autor: Óscar Rodriguez // Fecha: 17.10.2012 //

Monumento Caídos

// Monumento a los Caídos por Dios y por España // Autor: Óscar Rodriguez // Fecha: 10.12.2012 //

a // Publicidad: toda actuación, en particular la retirada de un elemento antidemocrático o un cambio de denominación deben ser publicitados, comunicados a la ciudad y en particular a los vecinos. Es decir se trata de hacer exactamente lo contrario de lo que se ha hecho hasta ahora.

b // Participación: incorporar en el proyecto a los vecinos, tanto como sea posible, pero también al conjunto de los ciudadanos con el fin de evitar el cantonalismo y desde el principio según el cual un cambio que afecta a toda la ciudadanía, no debería ser jamás un acto oscuro o avergonzado. Sin duda la gestión de eso no es sencilla, pero lo contrario contribuye a educar la ciudadanía en la indiferencia.

c // Pedagogía: Se trata de ofrecer criterios al conjunto de la ciudadanía para com- prender el sentido de la intervención en el monumento. El objetivo pedagógico es enseñar que la retirada o actuación en un monumento franquista no es un acto punitivo, sino una decisión ética.

// Un caso paradigmático: El Valle de los Caídos //

He llamado al Valle de los Caídos núcleo del universo simbólico de la dictadura. Viajé a Cuelgamuros en 2011; junio alcanzaba a su fin, el sol era feroz y a su luz el conjunto funerario perecía. Los técnicos de Patrimonio Nacional aseguraron que aquel tipo de excavaciones en roca no perduraba más de cincuenta años. La piedra se agrieta, el agua rezuma y una brigada de 14 operarios cubre diariamente las fisuras que abre la naturaleza. La Piedad amenaza con caer en fragmentos, sus apóstoles pierden dedos, labios y pedazos del atuendo; lo mismo le ocurre al resto de esculturas, cuyos desprendimientos han generado un extravagante almacén de residuos corporales. Nada de eso tiene remedio puesto que ninguna talla es maciza. Son estructuras recubiertas de calizas negras de Calatorao unidas por morteros con materiales de deshecho, incompatibles e inadecuados para la preservación. Una reparación provisional –en ningún caso segura ni definitiva– alcanza los 23 millones de euros. Agoniza, a escondidas, pero sucumbe a la naturaleza.

Detalle escultura

// Detalle de escultura exterior // Autor: Francisco Ferrándiz // Fecha: 27.07.2011 //

Filtraciones de agua

// Filtraciones de agua en la basílica // Autor: Francisco Ferrándiz // Fecha: 27.07.2011 //

Realicé aquella visita como vocal de la Comisión que debía efectuar un dictamen sobre el futuro del monumento y, en términos generales, más allá de los complejos temas legales relativos a la comunidad religiosa y al uso de la basílica, lo que se dirimió fue si debía actuarse sobre aquel monumento funerario por partes, retirando símbolos fascistas, cubriendo escenas falangistas, poniendo aquí un museo y allí un símbolo constitucional. O si se actuaba de manera integral sobre el monumento, sin cuartearlo, y a la luz de esta opción global considerar qué debía hacerse con lo más doloroso, los 33.000 cadáveres allí depositados, en especial los republicanos cuyo traslado fue forzado. En cuanto a los restos del fundador de Falange y del Caudillo, ocupaban más tiempo a la prensa que a los comisionados.

Valls Monumento Victoria

// Monumento a la Victoria reconvertido en Monumento a la Concordia. Valls (Tarragona) // Autor: Ricard Vinyes // Fecha: 29.04.2010 //

Lo cierto es que el proyecto fascista había construido un sistema simbólico tan intenso que nada escapaba a su semántica, ni siquiera los ciervos y ardillas que corrían por el magnífico bosque. Por consiguiente se optó por una intervención global, pero que pacificase el monumento, lo que en realidad coincidía con el mandato que nos había transmitido el Gobierno: se trataba de normalizar el Valle, sin más. Era una prolongación de lo que había sucedido en numerosos monumentos franquistas cuando no pocas autoridades municipales los tunearon con la simbología de la paz y la concordia.

Eso significaba renunciar a una valoración ética, que sería substituida por una explicación histórica del monumento funerario, como la que podríamos poner en las pirámides de Egipto, esclavos incluidos. A ello se añadía un museo y la propuesta de cambiar el nombre al monumento por el de «Valle de la paz» o «la reconciliación»; propuesta procedente de reputados historiadores externos a la Comisión, pero cuya ocurrencia revirtió en una pérdida de tiempo en las reuniones.

En el transcurso de paseos, encuentros y viajes unos pocos vocales concretamos una opción distinta. Coincidimos en que el hundimiento del Monumento expresa tres muertes, la de la ideología político-religiosa (la ética de la dictadura) que lo erigió, la de su desafío milenario «al tiempo y al olvido» (según Decreto fundacional de 1940), y la muerte de su relato. Sugerimos que la actuación sobre el Valle, su futuro, debía contar esas tres muertes por medio de una poderosa actuación que muestre la decadencia de la piedra como metáfora del hundimiento de los proyectos de quienes lo alzaron, y contar que la naturaleza y el tiempo ajustician un monumento diseñado para eternizar el elogio de la violencia política y la humillación. La clave de la propuesta reside en el deterioro implacable del Valle y del universo simbólico que vertebra, más allá de sus cerros y bosques. Sugerimos acompañar la ruina.

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// Duisburg. Acompañamiento de la ruina. Complejo industrial de carbón y acero // Autor: Ricard Vinyes // Fecha: 31.10.2014 //

Se trataba de no intervenir en ningún elemento de reparación y acompañar el avance de la destrucción natural de aquel lugar de memoria de la dictadura y usarlo ahora como patrimonio democrático. La única intervención en aquel espacio debía ser para facilitar el acercamiento y el paseo de visitantes por el lugar. Por otra parte, en la explanada serían reunidas y ubicadas todas las estatuas monumentales de la dictadura, y un centro de interpretación del proyecto franquista y sus consecuencias.

Acompañar la ruina no es insólito, hay antecedentes espléndidos. Me refiero al tratamiento del complejo industrial de Duisburg, en Renania, o al conjunto escultórico monumental de Memento Park, en Budapest. Lo insólito es pacificar la memoria de la dictadura y la exaltación de su violencia.

El proyecto fue desestimado pero consta en las Actas de las reuniones. En definitiva, cuenta cómo intervenir en un monumento sin normalizarlo y que genere perplejidad e inquietud en lugar de comodidad. Los monumentos no son de quien los hace, sino de quien los recibe. Lo peor que puede hacer quien los gestiona es ocultarlos; lo mejor es usarlos, aunque sea para mostrar la muerte de quien lo hizo y su propósito.

Duisburg

// Duisburg. Acompañamiento de la ruina. Complejo industrial de carbón y acero // Autor: Ricard Vinyes // Fecha: 31.10.2014 //

explanada

// Explanada del Valle de los Caídos // Autor: Ricard Vinyes // Fecha: 27.07.2011 //

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18 pensamientos en “FORO 1

  1. David Barreiro (INCIPIT-CSIC)

    Hola a todxs. Antes de nada, quiero felicitar al autor del artículo, por la claridad con que aborda un tema tan complejo. En segundo lugar, quiero disculparme por si lo que voy a decir no tiene demasiada relevancia o es un lugar común: es la primera vez que participo en este foro y, como mucho, soy un aprendiz en el campo de los estudios de memoria. En tercer lugar, quiero saludar con entusiasmo esta iniciativa, ya que este tema me parece absolutamente prioritario.

    Personalmente, opino que “acompañar la ruina” es una buena opción de uso de los patrimonios disonantes o incómodos, pero la escasez de ejemplos (hay monumentos abandonados, claro está, pero no es lo mismo) parece indicarnos que debe haber razones importantes para que no sea una estrategia utilizada con más frecuencia.

    En algún texto de Andreas Huyssen leí que el concurso para decidir cómo gestionar el campo de Auschwitz tras la guerra lo ganó una propuesta arquitectónica que claramente apuntaba en la misma dirección: “acompañar la ruina”. Lo curioso es que, a pesar de que esta propuesta había ganado el concurso, no se adoptó esa estrategia. En cambio, se decidió preservar el complejo, que hoy visitan un millón de personas cada año. La preservación de la materialidad del sitio (no sólo la arquitectura) se justifica aludiendo a la necesidad de conservar la memoria, mientras que este argumento equipara “acompañar la ruina” con un proceso de olvido (que desde este punto de vista se considera inadmisible). Creo que la asociación intuitiva entre materia y recuerdo, y entre lo inmaterial y el olvido, es una de las claves de la cuestión que se plantea en este foro. Habría que tratar de analizar y desconstruir estas categorías y sus relaciones que, insisto, a mí me parecen más intuitivas que fundamentadas (lo que no quiere decir que sean equivocadas o erróneas): quizás el problema no radique tanto en la materialidad o no de los sitios, como en la vida social que sucede en ellos y que ellos condicionan. Por extremar el ejemplo paragimático de la discusión: ¿Destruir el Valle de los Caídos significaría olvidar lo que simboliza? ¿Convertirlo en algo diferente, “normalizado”, implica cambiar su semántica, su dimensión simbólica? No sabría responder a estas preguntas a día de hoy, pero creo que hacérselas es una buena forma de empezar.

    Por otro lado, hay una cuestión que el artículo no aborda, y es la del uso que del monumento (El Valle de los Caídos) hacen los nostálgicos del franquismo. Es obvio que esto no es compatible con una “memoria democrática” tal y como la plantea el autor, pero la cuestión es más pragmática: por cuestiones de seguridad, un “acompañamiento de la ruina” no debería permitir ciertos usos del espacio, algunos de los cuales siguen vigentes, aunque sea por parte de una minoría. El trabajo desde la pedagogía (lo que implica poner en conocimiento de la sociedad el coste real de la conservación del sitio) debería ser fundamental en este sentido.

    Por último (aunque, en cierto modo, relacionado con el punto anterior), creo que hay una cuestión de fondo, fundamental, que el autor tampoco aborda, supongo que de modo consciente, pero, en mi opinión, está detrás del hecho que se nos relata: la desestimación de la propuesta de “acompañamiento de la ruina” (y que, a diferencia de Auschwitz, no se podría justificar ni siquiera por la “rentabilidad económica” del lugar, que creo que es evidente que no existe: los visitantes anuales al Valle de los Caídos son menos cada año). Esta cuestión es la singularidad histórica de la transición española. No hace falta que entre en detalles, creo, pero me parece que cualquier estrategia sobre cómo tratar el patrimonio constituido por los vestigios del franquismo tiene que partir de un hecho político difícil de gestionar: que el franquismo no ha muerto. No se trata sólo de una minoría de nostálgicos, sino de toda una estructura de poder a partir de la que, como sabemos, se ha constituido la estructura política y económica del sistema democrático. Por lo tanto, el primer problema, desde mi punto de vista, no es tanto qué hacer con esos memoriales olvidados (valga la paradoja), que creo que son excepcionales en el paisaje de la España democrática, sino con aquellos que están en uso, que siguen articulando la vida pública y formando parte del paisaje vivo (incluidos los nombres de las calles). Y, como segundo problema, me plantearía qué hacer con todos aquellos elementos que no son memoriales, pero sí lugares de memoria, espacios que contribuyen tanto o más que los memoriales a hacer ideología, al hacer ciudad (y no sólo ciudad) conforme a la racionalidad franquista y post-franquista. En ambos casos, creo que la cuestión debe partir del enfoque aludido (el franquismo no ha muerto): cuando se nos pregunta: “¿Cuál es el tratamiento que debería darles [a los vestigios del franquismo] una sociedad democrática?”, lo que a mí me viene a la mente es otra pregunta: ¿realmente vivimos en una sociedad democrática? Sé que el carácter político, crítico y contrahegemónico, es parte nuclear de los estudios de memoria, pero mi inquietud gira, en abstracto, en torno a las condiciones de factibilidad de esta memoria crítica y abierta en un marco que es opresivo y determinante, más allá de los discursos revisionistas y de las calles con nombre de asesinos reconocidos, estructurado en la propia práctica socio-espacial: barriadas obreras y pudientes, centros de poder administrativo y económico, acceso a medios de transporte, etc…

    Un saludo cordial,
    David Barreiro.

  2. José Carlos Rueda Laffond (UCM)

    Me gustaría sugerir una línea de debate que no suele establecerse ante este tipo de cuestiones y que tiene que ver con la creación de nuevos espacios. Las polémicas suelen centrarse en qué hacer con lo que ya existe: demoler, resignificar, dejar cómo está, e incluso —como sugirió Vinyes— permitir que se “arruine”, en el sentido más literal del término.

    No obstante, los dos grandes elementos de reconsideración memorística en Europa —el Holocausto y las huellas de los regímenes comunistas— se han sometido a numerosísimas prácticas de musealización, que han incluido la creación de nuevos espacios de interpretación y valoración.

    Un caso notable, desde luego digno de una atenta relectura y de múltiples críticas por la orientación de su discurso y por la cantidad de significaciones que éste moviliza, es la llamada “Casa del Terror” (Terror Haza) en Budapest. Se trata de un ajuste de cuentas con el pasado, desde un prisma abiertamente nacionalista y que resulta muy peculiar por el tratamiento que realiza sobre el nazismo y su versión húngara (cruzflechada) y con el estalinismo y su traducción a través del período de Mátyás Rákosi. Sin embargo, deja fuera la etapa autoritaria de Horthy y el régimen socialista entre 1956 y 1989. En todo caso, y más allá de las particularidades de esta práctica concreta de musealización, creo que es interesante como paradigma de relato expositivo espectacular de nueva creación. Terror Haza es una innegable atracción turística.

    Este último extremo es algo sobre lo que hay que reflexionar, en lo que tiene de banalización, mediación, mediatización y fabulación sobre el pasado.

    En la propuesta de la comisión de Presidencia de 2011 sobre el Valle de los Caídos se insistió en la necesidad de crear un centro de interpretación sobre la Guerra Civil y la dictadura. Puede reflexionarse y estar de acuerdo, o no, acerca de si Cuelgamuros es el mejor emplazamiento. O bien si dicho centro —el museo sobre la dictadura— debería estar en otro lugar… Pero lo cierto es que las discusiones públicas se han centrado en ciertas cuestiones, como los enterramientos de Franco y José Antonio; o sobre la desacralización de la Basílica, y las derivaciones de dicha decisión. Echo de menos, en cambio, la falta de reflexiones sobre cómo concebir, articular y conformar tal espacio expositivo. En su definición y orientaciones narrativas, tomando en consideración además algo que la Casa del Terror de Budapest ha puesto sobre el tapete y que creo que es esencial: cómo resolver la realización de un espacio de estas características, ideado desde un punto de vista generalista y orientado a un gran consumo, pero donde también se suscitan muchos riesgos en términos de usos públicos de la Historia.

  3. Sergio Claudio González García (UCM)

    A la hora de abordar este tipo de debates y problemáticas, que no sólo se centran en los vestigios del franquismo en nuestro país, es necesario tener en cuenta la necesidad de estar abiertos a afrontar cambios ontológicos y epistemológicos.

    La existencia de un lugar de memoria, en la vertiente más material de la terminología de Pierre Nora, de un vestigio, de un monumento o de una ruina no debería, en mi opinión, enfocarse únicamente como un elemento aislado, colocado ad hoc en mitad del entramado urbano o el paisaje con una intencionalidad simbólica. Se debería tomar en consideración que ese acto, su construcción, forma parte de toda una lógica de producción del espacio público. El franquismo no se limitó a colocar y erigir una serie de estatuas, marcas, memoriales o monumentos en todas las ciudades y pueblos de la geografía del Estado con una intencionalidad moralizante o de dominio simbólico, si no que éstas prácticas formaban parte de una concreta forma de configurar el espacio público que iba desde normativas, pasando por normas morales de comportamiento, estilos de arquitectura, desfiles, concentraciones, prácticas diarias, hasta las propia presencia de la figura del dictador en forma de placas, bustos o estatuas. El espacio era entonces algo que se configuraba y que además configuraba a su vez relaciones sociales. Por ello, no debemos centrarnos en estos lugares únicamente como restos materiales, artísticos o patrimoniales, sino como parte de una producción del espacio concreta que buscaba su dominación y control por medio de un diseño técnico, normativo y simbólico que buscaba la asimilación y naturalización. El espacio se representaba para nosotros. Una concepción del espacio que buscaba condicionar una serie de prácticas de uso del mismo. Es decir, no se puede separar, como mostró Lefebvre (1974), la concepción de la percepción. Si el franquismo dominó el espacio público fue por conseguir una naturalización y asimilación del mismo, de la forma en la que “se debía” usar y de los símbolos y relatos que podían aparecer. Por ello, en el caso de los vestigios del franquismo asimilados, que no olvidados o abandonados, como pueden ser el Arco de la Victoria de Moncloa, el Monumento a los Caídos por Madrid –la actual Junta de Distrito de Moncloa-Aravaca-, los nombres de las calles, los monumentos a sus supuestos “héroes”, o incluso, la Puerta del Sol de Madrid donde se encontraba la Dirección General de Seguridad, cabría preguntarse si aún desaparecido, en teoría, el relato franquista, no habrían tenido un cierto éxito por ser aceptados, asimilados e interiorizados.

    La memoria no sólo se mantiene por el vestigio material sino por las prácticas y usos que se dan en el espacio público y, por consiguiente, la falta de un elemento material por desaparición, no eliminaría la posibilidad de una práctica conmemorativa en el espacio que antes ocupaba la materialidad. Debido a esto, un segundo debate podría abrirse aquí, si la conservación o eliminación de estos vestigios no debería suponer una reconsideración del concepto de patrimonio para evitar que ante la posibilidad de su retirada por formar parte del universo simbólico de una dictadura cruel alguien pudiera argumentar la necesidad de mantenimiento por cuestiones estéticas, artísticas e históricas. Si la concepción de patrimonio promulgada institucional y académicamente se centra en una percepción plana, unidimensional, estilística o histórica de lo que debe considerarse patrimonio, parte de la batalla por la eliminación de los elementos franquistas en nuestro país podría estar perdida a nivel discursivo. Además teniendo en cuenta que el abanico de restos franquistas no es homogéneo y algunos están olvidados y abandonados, otros asimilados y algunos son incómodos como el Valle de los Caídos. Como he mencionado más arriba, pudiera ser que existiera un debate enorme sobre qué hacer con el Valle pero seguramente no existiría el mismo debate sobre la retirada del Arco de la Victoría, es más, es posible que ante una posible retirada de este último la posición mayoritaria fuera la de su conservación.

    Esta idea de batalla nos lleva a la cuestión de la moralidad. La eliminación de los símbolos franquistas puede ser planteada como una cuestión de moralidad, ética democrática o de justicia, y esto debería ser debatido también. ¿Es la moralidad una constante universal ahistórica y superior a la vida social? ¿Es una construcción social basada en unas determinadas correlaciones de fuerzas? La posibilidad de esgrimir una memoria consensuada podría ser difícil y apelar a la moralidad compartida por todo el cuerpo social también, por lo cual se podría ver la memoria y la lucha por su recuperación como una cuestión de relaciones de poder y construcción de hegemonía. De esta manera sería en el ámbito discursivo y político donde dar la batalla y así podría darse la situación en la que la retirada de símbolos de la dictadura no fuera una cuestión “que se debe a hacer” sino una cuestión “que se va a hacer”.

    Por último me gustaría reflexionar sobre una de las frases que Ricard Vinyes utiliza al decir que “muerto el relato, muere la piedra” y creo que eso puede ser debatido. Si muerto el relato se acabara con los elementos simbólicos y significativos de “la piedra”, el Valle de los Caídos no tendría ningún significado hoy en día. Esto no es así. El Valle tiene una carga simbólica y un significado tan fuerte que su resignificación resulta problemática. Si fuese real que los monumentos únicamente hablan por su relatos, “se les hace hablar”, no tendría sentido hablar del Valle tras la caída de la dictadura. Pero vemos que esto no sucede, por lo que se nos plantean varias preguntas:
    – ¿Está muerto el franquismo?
    – Si no lo está, ¿no supone el mantenimiento de sus vestigios un éxito del mismo?
    – Si el franquismo no está muerto y ha tenido éxito, ¿no se debería dar la batalla para evitar que lo pudiera seguir teniendo en el futuro y así derrotarle?
    – ¿Puede que “las piedras” tengan algo que decir por si solas?

    Muchas gracias.
    Sergio Claudio González García

  4. ruben chababo

    Saludo el lanzamiento de esta plataforma de circulación de ideas y debates porque creo que es una herramienta inestimable para poder evaluar el estado de los diferentes “estados de cuestión” sobre nuestros pasados autoritarios tanto en Europa como en América latina.

    El texto de Ricard Vinyes me llegó en el preciso instante en que leía algunas reflexiones de Regine Robine dedicadas a qué hacer con los monumentos del stalinismo en Europa central, lugar donde también se ha dado el debate entre la conservación y el ocultamiento de esos vestigios monumentales de los tiempos autoritarios.

    Acuerdo con el planteo de “acompañar la ruina”, aún cuando esa “ceremonia del adiós” dure décadas y siglos y no seamos nosotros los que vayamos a testificar su conversión en polvo definitivo en el paisaje de nuestras ciudades. Las propuestas de derribo y ocultamiento, tan propias, tantas veces, de la efervescencia de los momentos transicionales, a mi juicio ha demostrado su fracaso. O en todo caso fueron efectivas mientras duró el debate, es decir, mientras las posiciones encontradas revitalizaron las memorias dormidas u olvidadas de esos “objetos” a desplazar. Pero las sustituciones definitivas de un monumento por otro, o la borradura sin dejar marcas de monumentos existentes creería que no han logrado otra cosa que contribuir a un proyecto de olvido de aquello que justamente se pretendía “evocar”.

    Discusiones similares se han abierto en Argentina desde hace años en torno a la nominación de calles o frente a la propuesta, siempre recurrente, de derribar estatuas erigidas en homenaje a personalidades del pasado reñidas en su conducta con los principios democráticos. Es común que los impulsores del derribo no quieran aceptar que la borradura definitiva de esa marca es un acto reivindicativo que se agota en el momento mismo en el que concluye la estridencia del acto de sustitución (en la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, la estatua del jefe de Policía Ramón Falcón, responsable de una represión sangrienta a comienzos del siglo XX y ubicada en el barrio de Recoleta, se convierte periódicamente en un activo “disparador” de la memoria de esos hechos sangrientos – algo que el monumento desde ya no pretende evocar – cuando el graffiti sobreimprime sobre el bronce la palabra “asesino”).

    Entiendo, como propone acertadamente Ricard Vinyes, el acompañamiento de la ruina como un proceso activo, en absoluto pasivo. No implica abandonarla a su propia suerte, sino testificar con dispositivos no invasivos, su existencia y su “pérdida del sentido originario”. Es muy posible, creería, que el aura originaria perdure y sobreviva el paso del tiempo, aún cuando del antiguo monumento no queden más que débiles huellas o rastros, pero es desafío – nada sencillo claro – de las generaciones presentes y supervivientes, transformar en clave pedagógica ese proceso de “desaparición” paulatina. Claro que este es un camino más arduo, más complejo, menos estridente, pero creería que es el que más adecuadamente se ajusta a un proyecto que visualice al pasado no como tiempo abolido, sino como un legado a interpretar y resignificar de manera constante.

  5. Pablo Martín Domínguez

    Saludos a todos en primer lugar.

    Desde el punto de vista de la etnografía, cuando he preguntado a personas que han excavado o gestionado excavaciones de fosas de asesinados por los restos monumentales y materiales del franquismo he obtenido respuestas que se pueden encuadrar en tres bloques:
    -Volarlo por los aires y erradicarlo.
    -Reapropiarlo y resignificarlo.
    -Desecarlo, desprotegerlo y dejar que el tiempo y el vandalismo hagan su trabajo.

    El primer caso tiene un componente romántico y emocional fortísimo que el comic V for Vendetta de Alan Moore retrata a la perfección del mismo modo que Octubre de Eisenstein o el grabado de la demolición de la columna de Vendôme. La voladura de Dawning Street como acto final de liberación, con fuegos artificiales y la emergencia de una libertad caótica no tendría, obviamente, paralelo con una hipotética voladura del Valle de los Caídos, por muchos fuegos artificiales que se añadiesen.
    Demoler, con o sin espectáculo es en ocasiones un proceso complejísimo como demuestra el hecho de que el Valle de los Caídos sea en si mismo una infraestructura que empequeñece a las soñadas Minas de Moria que describía Tolkien. Desmantelar el complejo además de caro, podría suponer daños aún peores a la sierra de Madrid.
    En el caso de monumentos en proceso de desmonte como el de la Falange en Valladolid el problema es menor.
    Bien es cierto que la ausencia de materialidad no implica ausencia de hábitos como bien indica Sergio en un comentario previo, tal y como muestra la celebración del cumpleaños de Hitler en Alemania. Ahora bien, la ausencia de materialidad contribuye a la mayor marginalidad de estas muestras de apoyo sí como un resarcimiento que aún momentáneo y fugaz, no deja de ser resarcimiento. La damnatio memoriae no arregla las atrocidades, pero es un comienzo.

    En el segundo caso, el de la resignificación, encontramos los proyectos que el artículo expone así como la idea gaseosa de resignificar para la memoria democrática el Valle de los Caídos. Tristemente el bienpensantismo imperante en la política actual impide decir publica y claramente que el Valle de los Caídos era un campo de trabajo esclavo donde gentuza de la contratista Huarte y Banús; sí, el mismo que contribuyó a los pelotazos costeros que han acabado por convertir la costa mediterránea en un paraiso de cemento, se hizo de oro a base de sangre y sufrimiento. Obviamente en la esfera pública bienpensante y democrática, llamar al esclavista lo que es no es aceptable por mucho que sea cierto. La esfera pública se mueve, también como comentaba Sergio, por correlaciones de fuerzas o quizá más concretamente, por la capacidad de emplear el poder para dar nombre a la realidad. Es absolutamente fantásioso pensar que en un país donde se depende materialmente de los estómagos agradecidos del franquismo cabe la posibilidad de llevar al espacio público de manera inequívoca el origen de sus fortunas.

    Por último, y siguendo la estela de privatización de todo por la que se mueve el mundo actual, me resulta particularmente atractiva la idea de la vandalización y el dejarse caer a pedazos. El Muro de Berlín hubiera sido un monumento espectacular terminada su utilidad factual de no ser por lo incómodo que resultaba para la propia ciudad. La fotografía del monumento al general Sagardia que provee el artículo muestra las potenciales aplicaciones de ese vandalismo. Ahí sí se puede encontrar un valor verdaderamente democrático y participativo al no tener que pasar por ningún cauce burocrático además de poder respetarse el derecho a la intimidad del autor sin olvidar que a modo de bricolage Straussiano, se pueden reutilizar los actos de vandalismo previo de manera creativa. Ante un régimen obsesionado por la decencia, el orden y el saber estar; no hay mejor forma de “honrarlo” que reinventándolo de la manera más caótica posible.

    Un fuerte abrazo

  6. Emilio García Delgado

    Es complicado. Hay un salto en el vacío, entre las generaciones que vivieron aquello, los nacidos antes de los 50, y los que vinieron después. No se puede criminalizar solo a un grupo o ideario (Franco, Stalin, Hitler, Mussolini), son producto de un momento histórico mal entendido todavía. Lo más terrible del franquismo es cómo se introdujo bajo las camillas de los braseros. Algo que los menores de 50 probablemente no entenderán. A la gente no le sorprende ir a Eurodisney, para mucha gente de mi generación la atracción el movimiento de los brazos de la cruz del valle era equivalente. Y mi familia no era precisamente franquista.

  7. Carla Luciana Silva

    Estimados colegas,
    Me complace participar en ese debate, ya que tengo en él mucho interés, desde Brasil.
    Si vosotros permiten, me gustaría compartir una contribución que hice con otro colega, a partir de nuestras observaciones realizadas a partir de nuestros pós-doc (UNL e UPorto): Carla Luciana Silva, Gilberto Calil, HISTÓRIA E MEMÓRIA DAS DITADURAS IBÉRICAS, 54-67
    Este tema para nosotros en Brasil es muy poco discutido. La especulación inmobiliaria también hace su parte en poner abajo hasta las ruinas. Que pese la “Comissão Nacional da Verdade”, que incluso en sus recomendaciones habla del tema de “Nombres de espacios públicos”, las calles siguen haciendo homenajes a los dictadores. Y los monumentos de la dictadura siguen de pie, como puntos de visitas turísticas.
    Saludos cordiales

  8. Romain Bertrand

    ¡Hola a tod@s!
    Como recién llegado a España y más o menos recién llegado a los temas de memoria, me alegra este foro, que demuestra tanto una voluntad de participación más democrática en el tema de los monumentos como una apertura de caminos en la manera de hacerlo.

    De hecho, no faltan las discusiones para saber como gestionar tal herencia, pero muchas veces se limitan al círculo de los investigadores y otros administradores. Pero realmente ¿hay que “gestionar” o “administrar” estos vistigios? Me parece reveladora la postura del autor del texto y su resonancia con el vídeo. Las tres etapas propuestas (publicidad, participación, pedagogía) nos obligan a pensar el tema en un cierto sentido: 1) hay que gestionar de manera visible; 2) los vecinos tienen que sentirse integrados; 3) hay que enseñar memoria democrática; con este órden.

    La participación aquí no parece entendida como integración al proceso de decisión sino como mera actuación, confirmación del órden establecido: evitar de cantonar es hacer que todo el mundo acepte la gestión tal como ya fue pensada, por eso tiene que ser visible. Y el tercer punto lo resume todo: pedagogía de la memoria. Está visión infantil del ciudadano sobresale en el vídeo que muestra no tanto que el padre no entiende su época (como lo cree su hija), sino que ella es la que no solamente no entiende la época de su padre sino que ademas insiste para que él se conforme a su visión “democrática”.

    La pregunta que hay que plantearse sería: ¿tiene sentido enseñar una memoria democrática? ¿Y “gestionar” el patrimonio? En vez de “participar”, ¿no se podría pensar que los ciudadanos son quienes tienen la clave de todo el sentido que se dará al final a las cosas y, desde ahí, que lo que tiene sentido sería la iniciativa ciudadana? No se puede contar a los monumentos cuyo sentido se invirtió. El ejemplo de la cárcel de Carabanchel, convertido en emblema, es uno de los más extremos que conozco en este sentido.
    En vez de visibilizar las decisiones tomadas, se podría proporcionar un medio que permita que los ciudadanos mismos hagan con los vestigios lo que les parece tener más sentido. Así la democracia se entendería como una estructura, una manera de pensar, decidir y de hacer las cosas juntos, respetando a cada uno, y no como un programa de valores morales pseudo-universales definidas a priori que luego se trataría de enseñar a los ciudadanos.

    Por eso me alegra esta iniciativa, ya que quienes tienen que decidir “qué hacemos con los vestigios” son los que conviven con ellos, sus vecinos, y de manera más amplia los ciudadanos y no, a mi parecer, un conjunto de “especialistas”, sea cual que sea su competencia.

  9. Jesús Alonso Carballés

    En primer lugar me gustaría agradecer a las promotoras la excelente idea de abrir este Foro para propiciar una discusión pública sobre la problemática de la gestión de los vestigios memoriales del franquismo. Una cuestión de plena actualidad como pone de manifiesto la reciente polémica en la ciudad de Madrid -una más entre tantas pero cuyo eco por circunstancias múltiples ha sido sin duda mayor-, en torno a la retirada de los símbolos y de los nombres de las calles franquistas. En segundo lugar, como ya se ha expuesto previamente, destacar el gran interés y la pertinencia del artículo de Ricard Vinyes y de sus propuestas de actuación que comparto ampliamente como trataré de exponer a continuación.

    Por abundar un poco en el debate, y aunque ya aparece en filigrana en el artículo introductorio citado, creo que convendría inicialmente establecer una diferenciación clara entre lo que puede considerarse como “lugar de memoria” en el sentido clásico atribuido al mismo por Pierre Nora y lo que cabría calificar como “depósitos de memoria”. El primer caso, aparece representado claramente por el Valle de los Caídos, como claro “núcleo del universos simbólico de la dictadura” (Vinyes) y cuya significación sigue vigente, pese a las acciones emprendidas y leyes aprobadas para reducir o eliminar parte de su peso simbólico. En el segundo caso podríamos incluir los vestigios repartidos aún por todo el territorio, con frecuencia en campo abierto lejos de las ciudades, ocultos por la maleza o semiderruidos por el paso del tiempo, y que han perdido ampliamente la capacidad de reproducir el relato glorioso o memorial para el que fueron erigidos. En buena medida porque también las prácticas sociales en torno a esos espacios han desaparecido por completo.

    A partir de esta distinción previa considero que las actuaciones deberían ser claramente diferenciadas en uno y otro caso. En el primero, cuando la significación persiste, comparto la idea propuesta por Vinyes de acompañamiento activo de la ruina o futura ruina con el complemento imprescindible de la contextualización histórica de las circunstancias de su construcción en forma de exposición previa a la visita. En este caso concreto, las dificultades manifiestas para llegar a una solución política respecto al uso del espacio evidencian claramente la pervivencia de la fuerza del símbolo. En un delirio personal se me ocurre que podrían disponerse los fragmentos que se desprenden de los cuerpos de los apóstoles y del resto de la obra a lo largo de la explanada a modo de cortejo fúnebre previo a la entrada en el mausoleo, reforzando así la impresión de agonía del símbolo. Me viene a la mente una composición mucho más arriesgada y valiente del fotógrafo recientemente fallecido Alberto Schommer, dentro de su serie “Desmontaje-Montaje-Consolidación”, titulada Valle de los caídos y realizada en 1979. En el montaje puede contemplarse el monumento desmochado y la enorme cruz arrastrada por un impetuoso torrente de sangre que sale de los arcos y se llevan todo por delante. El arte podría sin duda contribuir con su performatividad a transformar la significación del espacio.

    Por lo que respecta a los depósitos de memoria, es manifiesto que en muchos casos el paso del tiempo, las iniciativas locales o los destrozos provocados han contribuido a alterar considerablemente el aspecto original y su mensaje aparece hoy dislocado, incomprensible o inaudible. De nuevo no creo que la dinámica iconoclasta sea la más acertada. Comparto el punto de vista de Ruben Chababo en su intervención en el foro, no hay que perder de vista que en muchos casos esas obras pueden jugar un rol de “disparadores” de la memoria. A título personal, el descubrimiento completamente casual en una viaje al desolado Páramo de Masa del “Monumento al General Sagardia”, cuya fotografía (Oscar Rodríguez), ilustra este foro, sirvió para que me interesara por el personaje y descubriera la despiadada represión que ejerció su columna en la región. ¿Por qué no utilizar dicho monumento como punto de partida de una ruta memorial que recorra y recuerde dicha brutalidad?

    En otros muchos casos, dichos monumentos sirven hoy de soporte a mensajes banales, diatribas anticapitalistas, corazones de falso amor eterno que desdibujan completamente el objetivo primigenio y muestran en todo caso la distorsión producida entre el mensaje original y su recepción actual. La conversión del monumento a Mola en una plataforma pacifista temporal con la inscripción sobre el monumento del eslogan “No nos Mola tu guerra” en contra de la guerra de Irak es un buen ejemplo de la capacidad de transformación de dichos objetos.

    No quiero extenderme mucho más, pero en el caso del País Vasco, que conozco con mayor profundidad, son igualmente varios los monumentos originariamente franquistas que hoy en día ya han sido plenamente resignificados –la Cruz del monte Saibigain por ejemplo-, otros prácticamente desaparecidos comidos por la vegetación e incluso persisten vestigios cuyo significado inicial se ha diluido completamente en el paisaje urbano al integrarse en otras dinámicas simbólicas hasta el punto de ser hoy en día completamente “invisibles” para la mayor parte de la población.

    Junto a ellos perviven igualmente, a pesar de la intensa labor de erradicación de los símbolos franquistas realizada desde los años 80, numerosas muestras menores del pasado franquista. Su eliminación paulatina y pedagógica, apuntada previamente por Ruben Chababo y por el propio Vinyes, y hasta participativa me atrevería a apuntar, me parece la dinámica más adecuada si queremos que la eliminación de esos símbolos contribuya a la consolidación de un espacio público plenamente democrático.

  10. Ricard Conesa Sánchez (EUROM-UB)

    Hola a todos y a todas,
    Antes de nada, felicidades por este foro de debate virtual. Creo que este formato “desencorsetado” puede ayudar bastante a la exposición de ideas, experiencias y puntos de vista distintos. De hecho creo que las aportaciones están siendo muy interesantes. Quizás la experiencia que se vivió en Cataluña con la creación del Censo de simbología franquista, pueda servir para arrojar un poco de luz, pero también alguna sombra en referencia a la responsabilidad de la administración pública, su forma de actuar y dudas que me vienen a la cabeza.

    En septiembre de 2010 el Memorial Democrático de la Generalitat de Cataluña presentó el Censo de simbología franquista. Se llevó a cabo con la colaboración de las universidades de Lleida (UdL), Girona (UdG), Rovira i Virgili (URV) y Autónoma de Barcelona (UAB). Se hizo un trabajo de campo en el que se rastreó el espacio público de 185 municipios elegidos mediante criterios de representatividad demográfica, territorial y de interés histórico (especialmente en la zona de la Batalla del Ebro). Se encontraron y catalogaron 3.647 símbolos franquistas de diferente tipología –las placas del Ministerio de la Vivienda eran la inmensa mayoría: 3.398. El estudio resultó valioso, entre otras cosas, porque se registraron varios ejemplos de monumentos franquistas que durante la Transición habían sido reinterpretados a través de lo que el profesor Vinyes denomina la “ideología de la reconciliación” (Vinyes, 2011). En este artículo aparece la imagen del monumento de Valls a la Victoria reconvertido en monumento a la Concordia (podríamos añadir los monumentos “a los caídos” que pasaron a ser a “a todas las víctimas” de Arenys de Mar, Argentona, Banyoles, Reus, etc.). Pero no quiero extenderme en los resultados porque son accesibles desde el portal web del Censo. La cuestión que nos (pre)ocupa es: ¿qué se podía hacer con ellos?

    El primer punto es que las competencias eran –y son– municipales y por lo tanto el Memorial podía ofrecer asesoramiento, pautas y criterios de intervención. Y eso es lo que intentó hacer reuniendo una comisión de expertos que propuso una serie de actuaciones que iban desde la retirada hasta la contextualización histórica mediante paneles informativos. Aunque un poco convencional, hasta aquí todo más o menos bien. ¿Qué pasó? Sólo un símbolo franquista, un pequeño monolito carlista ubicado en la frontera con Francia, en el municipio de Portbou, fue señalizado (creando así un recorrido en el que también se podía ver el memorial del exilio en el Coll dels Belitres o la tumba y el memorial dedicado a Walter Benjamin). Desde 2011, año en que el Memorial no tuvo ni dirección, el estudio y las actuaciones sobre los monumentos franquistas dejaron de ser una prioridad. Es más, en algunos casos se puso en evidencia la incomodidad al respecto. El ejemplo más claro es el monumento de Tortosa (curiosamente la versión itinerante de la exposición Símbols de Franco, producida por el propio Memorial en enero de 2011 y que interpelaba explícitamente al visitante sobre este monumento, dejó de promocionarse poco después de que se inaugurara en esta localidad. De hecho, actualmente no se encuentra ni anunciada en la web del Memorial dentro de la oferta de exposiciones).

    El monumento de Tortosa es el monumento recurrente de los medios de comunicación cada vez que la discusión sobre los símbolos del franquismo sale a la palestra. Casi 45 metros de hierro encima de los restos de un puente volado durante la Batalla del Ebro. Encargado en 1962 a iniciativa del Consejo Provincial del Movimiento, fue inaugurado finalmente en 1966. Una pirámide estilizada coronada por un soldado que levanta una especie de estrella, acompañado a un lado y al otro por una cruz de Santiago y un águila imperial. En 1980 le sacaron la inscripción dedicada al dictador y en 2008 se retiraron los monolitos que a un lado y a otro del río conmemoraban el día de la inauguración. Desde el año 2007 el gobierno municipal ha estado liderado por el alcalde Ferran Bel (CiU), que se ha negado a debatir cualquier intervención sobre el monumento, especialmente su retirada (aliándose así con el PP en el pleno) y ha reprochado el oportunismo de las críticas provenientes de su oposición, por no haberlo retirado antes cuando gobernaba. Por otro lado, en las últimas elecciones municipales de mayo de 2015, al perder la mayoría, tuvo que pactar la investidura con ERC a cambio de una “consulta ciudadana” sobre el monumento. Sin embargo, el pasado 18 de enero el Síndic de Greuges (el defensor del pueblo catalán) dio la razón a la plataforma ciudadana de la Comisión para la retirada de símbolos franquistas de Tortosa e instó al alcalde a retirar el monumento sin convocar la consulta ciudadana. Aludía a la “ley de la memoria histórica” y le pedía que lo descatalogara como patrimonio cultural. Este caso concreto nos sirve de ejemplo para observar también como la utilización de instrumentos democráticos (una consulta o referéndum) se pueden utilizar para paralizar intervenciones en el patrimonio legado por el franquismo, sus monumentos y sus símbolos. ¿Y si el alcalde tira adelante el referéndum? Aún más ¿y si el alcalde gana el referéndum y este monumento de exaltación al dictador y a su victoria en la Batalla del Ebro resta intacto?

    Como se ha visto durante los últimos años en Barcelona, la retirada de monumentos ha dejado un vacío espacial: cuando se retiraron los restos del monumento a los caídos de la avenida Diagonal en 2005, no se hizo nada más que un jardín (hubo varias peticiones para reformular ese espacio como lugar de memoria, pero estas iniciativas se truncaron); tampoco hay nada donde se retiró el monumento dedicado a José Antonio Primo de Rivera en 2009; y como era previsible, el obelisco donde estuvo la Victoria franquista de Frederic Marés, en la plaza del lápiz, quedó desnudo una vez la retiraron en 2011. Oportunidades perdidas. No se trata sólo de vacíos espaciales sino de ausencia de relato de nuestro sistema democrático actual, deficiencia que podríamos conectar con la falta de una base ética en la re-formulación del Estado una vez acabada la dictadura. En el caso que se consiga finalmente retirar el monumento franquista de la batalla del Ebro, aunque creo que de momento la cosa está difícil, me temo que ese vacío aún va a estar ahí.

  11. Pablo Sánchez León

    Hola

    En primer lugar muchas gracias por la invitación y enhorabuena por la iniciativa, que espero que tenga utilidad para la investigación y las políticas que se puedan plantear en los próximos tiempos.

    Yendo directamente al asunto, valoro la propuesta de Ricard Vinyes de hacer un acompañamiento a los monumentos y lugares de memoria del régimen de Franco hasta su desaparición por la acción del tiempo, aunque tengo algunas claras objeciones; y en cambio me parece muy sugerente abundar en la clasificación que hace de maneras de abordar las políticas de memoria —una más en la tradición del multiculturalismo, la otra más en clave “republicana” de la virtud ciudadana— y tratar de combinarlas con la del acompañamiento y con otras al diseñar una política sobre vestigios que son por otro lado abundantes.

    Vaya por delante que la idea del acompañamiento me parece harto sugerente. Hace años en las páginas de El País Juan Benet señaló que una diferencia marcada entre las culturas griega y romana de la Antigüedad era justamente el tan distinto trato que daban a los monumentos conmemorativos de sus hazañas civilizatorias: mientras los romanos invertían grandes cantidades de dinero público en actualizar la memoria de sus triunfos, los griegos en cambio permitían que se deteriorasen y perdieran el significado originario conforme los tiempos cambiaban. En una cultura en la que el olvido y la emancipación tenían una misma raíz etimológica, amnistiar los monumentos era para los griegos clásicos una manera de liberar a las generaciones venideras de la obligación de rendir pleitesía a un pasado con el que podían tener una relación de enajenación o distanciamiento.

    El problema de la propuesta es que no tiene en cuenta suficientemente que las pautas de memoria colectiva no son tendenciales sino que sufren más bien idas y venidas. Y aunque no es necesariamente de esperar que surja una identidad nostálgica neofranquista que prenda con fuerza en la sociedad española del siglo XXI, la posibilidad no puede dejar de tenerse en cuenta a la hora de valorar el interés de la propuesta de Ricard Vinyes.

    La propuesta asume justo lo que está por probar que vaya a suceder, y es que se mantenga en el tiempo en la sociedad española un consenso favorable a dejar los vestigios del franquismo intactos o con un mínimo de intervención que resalte como una decisión pública consciente el permitir su deterioro progresivo hasta su descomposición. La propuesta, en otras palabras, fía demasiado al futuro su efectividad y en última instancia su realización, cuando lo que se está abriendo a discusión es la intervención actual, desde hoy, sobre los restos del pasado.

    Personalmente no tengo ningún temor a que una generación futura reivindique la figura de Franco y su régimen, pero no anticipar un escenario de esas características creo que es caer en una actitud bienpensante u optimista en exceso. Desde luego, permitir que dentro de unas décadas España sea un mausoleo intacto donde puedan relanzar sus rituales una serie de sensibilidades anticívicas, integristas cristianas y autoritarias en general es algo de lo que prefiero no participar activamente. Acepto que hasta ahora lo que ha habido por parte de la administración es dejación, pero una vez que se abre a discusión la posibilidad —y la necesidad— de políticas de memoria, me veo obligado a recordar que las identidades emergentes se anclan en pasados mitificados.

    Ya solo por eso creo que, aunque admitamos que los monumentos son esencialmente la demanda de significado que existe sobre ellos, lo que a nosotros nos incumbe hoy no es, creo, incidir directamente sobre ese lado de la demanda sino sobre el de la oferta de vestigios que reclaman intervención pública.

    En este extremo además hay intervenciones en este blog que plantean que, en el caso español en concreto, está por demostrar que, en tanto que sensibilidad cultural e incluso ideología social, el franquismo haya sido enteramente barrido del mapa. No es que sigamos bajo su ominosa sombra, pero sus pautas de valoración moral, interrelación social e identificación colectiva han demostrado mucha correosidad, o al menos no podemos dejar de identificar con el determinadas conductas que se manifiestan en el presente, de manera que no es absurdo imaginar que podrían repuntar en el futuro en formas más formalmente estructuradas y amenazantes, y con esperables vínculos con otras culturas occidentales de la xenofobia y el exterminio envalentonadas por la geoestrategia de la guerra contra el Terrorismo.

    Por otro lado, aunque esta opinión la tengo menos reflexionada, creo que en el momento en que un monumento recibe atención pública, aunque sea para decretar su abandono institucional consciente, el mercado irrumpe en el escenario y el interés lucrativo se activa, y esta tendencia opera en contra de cualquier pretensión de dejarlo corroerse por acción del tiempo. Es una manera de resumir lo que ha sucedido con los campos de concentración en Europa del este, que a pesar de que se ha intentado en ocasiones dejarlos decaer, la lógica turística habilitada al recibir atención pública ha terminado imponiendo sus criterios de beneficio mercantil, impidiendo eventualmente su deterioro (e incumpliendo la filosofía de su inicial reapertura al público).

    Por estos dos motivos veo que una propuesta como la de dejar que los monumentos lentamente acaben su camino hacia la destrucción –como la ideología que los justificó ha caído en el olvido-, siendo muy honesta y moralmente intachable, no es viable. El mensaje es sencillo: las identidades cambian con el tiempo, y no necesariamente siempre en la dirección que a uno le gustaría.

    Por otro lado en cambio la reflexión de Ricard plantea que hay en general dos maneras de enfocar las políticas de memoria: una que deja en manos de la sociedad civil la decisión sobre el destino de los restos del pasado que pierden actualidad; y otra que reclama la intervención institucional con fines pedagógicos o de evaluación moral. Una está más en la lógica del multiculturalismo, la otra del humanismo cívico.

    Sobre esto lo primero que quiero subrayar es que en un país como España, con escasa o nula tradición de tolerancia cultural y moral, por no hablar de la de corte religioso o ideológico, la asignatura pendiente sigue siendo hacer políticas que no resulten con facilidad vividas como una imposición por quien no las comparte. No es que abogue por la primera opción, porque a menudo abogo por la segunda, pero empiezo a pensar que en esto somos demasiado presa de un prejuicio unilateralista: puede, y tal vez debe, haber destinos diferentes para trazos distintos del pasado ignominioso, especialmente, o más, cuanto más ajeno nos resulte el vestigio.

    Ese “nos” incorpora muy en primer término la percepción local: aunque los vecinos de un pueblo se sientan muy demócratas, pueden por otros motivos tener un apego emocional a un monumento franquista; y viceversa, puede que un resto del régimen resulte inadmisible no solo a una mayoría de ciudadanos sino también a los más conservadores y que mantienen una buena opinión global del franquismo. Esto es, por cierto, algo muy distinto a justificar el mantenimiento de parafernalia fascista o católica integrista en nombre del supuesto valor estético, cultural o histórico de los monumentos. Pues además este último tipo de discurso lo ofrecen sobre todo las administraciones, no los ciudadanos. Sobre esto vuelvo enseguida, pero antes quiero señalar algo más.

    Es cierto que ofrecer intervenciones o soluciones diferentes para monumentos diferentes puede resultar un poco arbitrario, pues la cuestión previa sería llegar a un consenso acerca de qué soluciones para qué monumentos y por qué, y en esto de nuevo tendría que plantearse si predomina el enfoque multicultural o el republicano. Mi planteamiento es que se puede combinar también aquí la propuesta de Ricard sobre el abandono consciente y otras más, como la simple restauración, etc. La cuestión es que exista un metacriterio que de alguna manera las englobe o incluya a todas independientemente de su orientación práctica o dominante.

    Y para mi ese metacriterio es el de la re-significación. Personalmente me siento atraído por la re-significación como eje articulador de todas las políticas sobre monumentos. Re-significar es un término de moda, pero no tan fácil de llenar de contenido ni de consenso. Yo lo entiendo para empezar por lo que no es: re-significar no es colocar al lado de un monumento una leyenda entre explicativa y crítica; tampoco es adornarlo con otros objetos que lo descontextualicen. No es, en suma, el intento de hacer que una obra fascista hable otro idioma del que lo motivó ni tampoco someterla a un juicio público instituido. Con esto quiero decir que en la re-significación no debe primar la función educativa.

    No me extiendo mucho sobre esto último, pero mi opinión es que la función educativa de las intervenciones no creo que vaya a conseguir sus fines, y puede en cambio resultar contraproducente. Más en España, donde el peso del catolicismo social vuelve fácil arremeter activamente contra cualquier educación para la ciudadanía como si fuera una forma de adoctrinamiento más o menos encubierto. Hay que saber jugar en un espacio cultural como el de la democracia posfranquista, y lo educativo no es siempre la mejor baza, salvo en el interior de los colegios, que tienen legítimamente esa función.

    En los monumentos, vestigios y lugares de memoria creo en cambio más acertado el hincapié en la componente creativa de las intervenciones re-significadoras. Como reza el viejo dicho: “lo que perduran, lo escriben los poetas”. Aplicado al caso, esto quiere decir que la transmutación de una “obra de arte” del horror de la Victoria franquista en una obra artística valorable por su estética a la vez que por su contenido (a favor de los derechos humanos, por poner un ejemplo) creo que consigue mucho mejor borrar la memoria del monumento oficial, satisfacer a las víctimas y lograr la identificación de las generaciones posteriores.

    La re-significación incluye por cierto también la reutilización práctico-funcional de algunos de estos monumentos, siempre que sea para usos ciudadanos no de esparcimiento y ocio (hay ejemplos un tantos abochornantes en los museos de la memoria de las dictaduras del Cono Sur, como barbacoas en la ESMA, etc.). Hay, en cualquier caso, muchos rituales sociales que podrían hacerse en lugares de memoria, pero con contenidos distintos, más que necesariamente contrarios, al pasado que encierran sus muros.

    La alternativa de todo lo que no sea eso creo que es demoler los monumentos, algo que también que es bueno que suceda, de forma selectiva.

    En cualquier caso todo esto son formas de clasificar y perfilar políticas. La clave de todo, para mí, está en otro lugar; en la política de estas intervenciones y políticas públicas. No hay nada peor que permitir que sea la autoridad la que decide sobre el futuro de los lugares de memoria, y más que lo haga de modo excluyente, por legitimada que se sienta. Esto vale asimismo para las políticas desplegadas a partir de dictámenes o informes elaborados por comités de expertos, incluso para los consensos alcanzados por las autoridades con las asociaciones civiles, en este caso las de memoria. La política de las políticas de memoria necesita ser realmente participativa, lo cual es más fácil de canalizar cuanto más pequeña sea la localidad, pero el principio conviene establecerlo para cualquier lugar y para todo monumento.

    Necesitamos una ciudadanía implicada en el destino de los restos del pasado, no una ciudadanía que simplemente avale pasivamente las políticas de memoria. Los expertos son bienvenidos, pero como un observador y participante más. Y necesitamos soluciones creativas para las resignificaciones, pero no sustituir a los expertos por los artistas. Todo lo que contribuya a que una resignificación se convierta en el monopolio de un colectivo de la sociedad civil o un grupo profesional reducirá la verdadera democratización de la cultura memorística.

    La manera de evitar esto es entablando realmente el diálogo entre ciudadanos, artistas con conciencia social y sensibilidad y organizaciones civiles, de manera que las propuestas resultantes reciban un respaldo popular activo que de alguna manera obligue o implique al futuro. Porque el verdadero riesgo de toda política de memoria es que a los pocos años sea objeto de marcha atrás. Y la mejor garantía de que una política será defendida es que los ciudadanos se hayan sentido activamente implicados en su diseño y realización.

    A diferencia entonces de la perspectiva de Ricard Vinyes, mi hincapié es en la democratización de las políticas de memoria, no en el establecimiento de una cultura democrática por la vía de las políticas de memoria. Esto es para otro debate, pero no comparto la idea de que la memoria democrática sea la de los subalternos; no por otra cosa sino porque la memoria de los subalternos sencillamente desborda con creces el marco de cualquier cultura democrática: va mucho más allá, habla de la justicia, de lo trascendente y de lo cotidiano, mucho de lo cual carece de relevancia para la cultura democrática. La cultura democrática no lo es todo: está bien que sea lo que le interesa a las administraciones públicas en las democracias del siglo XXI, pero la memoria es vida y la vida es mucho más que la cultura democrática y el estatus de los subalternos. En cualquier caso una política de memoria que dé reconocimiento a los subalternos no está al alcance de la mano. Lo único que se puede hacer en estas circunstancias es negociar lo posible. Y lo que me parece hoy día posible es democratizar las políticas de memoria; democratizar, quiero decir, su diseño y realización.

    Por último, un ejemplo más humilde respecto a Cuelgamuros pero que podría servir de laborarorio para estas propuestas que aquí apenas esbozo. Me refiero a la llamada “colina de las Humanidades” que albergó las instituciones señeras de la docencia y la I+D de inspiración laica y reconocimiento durante la Segunda República, y que después de bombardeada a conciencia durante la guerra fue objeto de una intervención profunda y larga que lo convierte en un gran mausoleo de lo que fueran las políticas de creación de un Hombre Nuevo a la fascista –con posterior viraje nacionalcatólico- sobre las cenizas de un ideal de alta pedagogía humanístico-científica del pensamiento más exigente de la modernidad española. Entre el CSIC, el INB Ramiro de Maeztu, la Residencia de Estudiantes, etc. hay para articular intervenciones que, sobre el marco general de la re-significación, ofrezcan soluciones de variado tipo a toda la parafernalia, monumentalidad y reutilización arquitectónica, además de incluir un necesario esquema de visita turística y pedagogía cívica. Una serie de concursos de ideas que atrajesen artistas, una exposición pública de los proyectos y votaciones -previos debates públicos- podrían garantizar una base social de apoyo a una política en el centro de una ciudad de gran tamaño como Madrid en la que la condición de “vecino” del “barrio” es más bien irrelevante, pero no así la de ciudadano.

    Saludos

  12. PG. Familiar de víctimas y querellante en Argentina

    Una situación recurrente en las informaciones y estudios sobre monumentos de la dictadura, es la falta de interés por el daño que producen en las víctimas. No he visto muchas aportaciones que analicen las consecuencias del terror, los trastornos emocionales y afectivos que esos “monumentos” producen en las víctimas y cómo su presencia influye en los sentimientos de éstas y de sus descendientes. Como ejemplo, la palabra víctima aparece en la exposición de este mismo artículo sólo dos veces, y casi juntas, en el primer párrafo de la presentación. Y se acabó.

    Guerra, ciencia, historia, política, ideología, urbanismo, derecho, religión, arquitectura, arte, cultura, economía, etc… Cualquiera de esos enfoques, o similares, suelen atrapar el interés del investigador que estudia los monumentos de la dictadura. Generalmente las víctimas quedan en segundo plano, invisibles a los efectos perversos que sobre ellos tienen esas obras megalómanas. ¿Sería aceptable analizar exclusivamente en casos de violencia de género, el escenario doméstico, el mobiliario, la decoración, el buen gusto familiar, etc., abstrayéndose en el análisis de los daños que sufre la víctima? Probablemente no se aceptaría. Pues bien, esto que no pasa en colectivos de víctimas como el de la violencia de género, sí se da en el caso de las víctimas de la dictadura, en donde los análisis de los monumentos se centran en los aspectos antes descritos, pasando por alto los efectos psicotraumáticos que su presencia puede ocasionar.

    Cuando se estudian estos monumentos, apenas se penetra en el mundo de los que se sienten agredidos con su presencia, pese a ser éstos damnificados parte importante en la génesis de tales obras. ¿Y porqué son parte importante en la creación de esas construcciones?, porque la relación monumento – victimarios – víctimas, es un trío enlazado. En realidad, los monumentos se hacen para algo, y no siempre para celebrar los propios éxitos, sino para quebrar la moral del adversario, empequeñecer su resistencia y anular su esperanza, reducidos ante la grandeza de la victoriosa obra de glorificación. Ante esta realidad incómoda, la visión del investigador que se esfuerza por describir sólo la grandeza, la gloria, la victoria, la trascendencia, las formas, etc., abstrayéndose de las víctimas, reproduce de algún modo una parte de la visión de los autores y a la vez victimarios: la infravaloración de la víctima. Su derrota eterna. Y aquí hemos de considerar que cualquier desdén hacia los que “sufren”, aunque sea ante un monumento, los victimiza de nuevo. Estaríamos ante un sufrimiento inversamente proporcional a la satisfacción que experimenta el creyente que llega a las puertas de su catedral preferida en donde se entregará a la oración. ¿A qué se puede entregar el desafecto ante un monumento de exaltación a una dictadura o a sus instituciones?

    Por otra parte: ¿qué tipología criminal evocan en sus víctimas los monumentos de una dictadura? Recordemos que la dictadura, ya acabada la guerra y, por tanto, en tiempo de paz, asesinó, hizo desaparecer, confinó en campos de concentración, torturó, esclavizó, robó bebés, incautó bienes, depuró, abusó, excluyó, etc… a cientos de miles de personas. Toda una gama de figuras delictivas que ocasionaron un enorme terror en sus víctimas y la población desafecta. Por tanto, en un entorno así, los monumentos que levantaba la dictadura, su obra, atemorizaban a las victimas, sus familias y a los adversarios en general tanto como aterrorizaban quienes los levantaban, porque eran su representación, la representación del terror, del dolor y del silencio.

    Ante la acumulación de crueldad y la actual obligación incumplida de juzgarla, ¿serían los monumentos de exaltación de la dictadura franquista, imponentes testigos de cargo, uno de los motivos para esconder, no enseñar y manipular la historia de un régimen de terror con el que no se quería romper? ¿Era el borrado de los crímenes del franquismo de la memoria colectiva la razón por la que no se han descrito, como correspondería, a las recientes generaciones esas obras monumentales en torno a las cuales sólo hay un extraño e incomprensible silencio o medias verdades? ¿Es la ausencia de las víctimas en los estudios sobre los monumentos, aquellos monumentos que les sobrecogían y atemorizaban, la razón por la que dichas obras generan más preguntas que respuestas, a poco que alguien se tome la molestia de conversar con quienes las estudian?

    Lo ideal sería la conversión de todos estos monumentos en centros de pedagogía histórica, realizada de forma profundamente democrática o, en su defecto, el mantenimiento de los más importantes, atendiendo a las experiencias internacionales más democráticas y didácticas y añadiendo una premisa elemental: sin la presencia y el voto de sus víctimas en cualquier comisión encargada de analizar o proponer acciones sobre el presente o el futuro de los monumentos de la dictadura, nada de lo que se decida será justo, ni democrático, por buenas que sean las intenciones.

  13. Núria Ricart (UB)

    The Road de Oskar Hansen

    Muchas gracias a las promotoras de este Foro y de la Plataforma de Estudios de Memoria, MemorÁgora. Pienso que estos formatos pueden ser muy útiles para enriquecer la reflexión en relación con temas de enorme complejidad y de carácter interdisciplinar.

    Leyendo todas las aportaciones al foro, me gustaría compartir con vosotros un proyecto importante pero poco conocido, en el que indagué en mi etapa doctoral; cuando estudiaba los monumentos a las víctimas en relación con el nacimiento y configuración del concepto de arte público desde finales del siglo XIX.

    La cuestión de cómo afrontar la gestión y simbolización de los vestigios intrínsecamente ligados a etapas de terror aparece con fuerza en las fases de selección del Concurso Internacional para el Auschwitz-Birkenau Monument (1958). La propuesta presentada por el equipo del arquitecto polaco Oskar Hansen abre en este contexto un intenso y largo debate, no exento de conflicto, en relación a los límites de las estrategias y lenguajes formales vinculados a la resignificación de lo que hoy entendemos como espacios de memoria.

    The Slab, Fase 1 International Competition for Auschwitz-Birkenau Monument, 1958. Oskar Hansen
    The Slab, Fase 1 International Competition for Auschwitz-Birkenau Monument, 1958. Oskar Hansen

    The Road, Fase 2 International Competition for Auschwitz-Birkenau Monument, 1958. Oskar Hansen
    The Road, Fase 2 International Competition for Auschwitz-Birkenau Monument, 1958. Oskar Hansen

    El proyecto de Hansen puede ser considerado el primer contra-monumento proyectado, lo que nos sitúa ante una obra conceptual que supera el lenguaje puramente abstracto. En “The Road”, Hansen plantea abandonar el campo de exterminio nazi a las inclemencias del tiempo, encargado de convertir barracones y crematorios en ruinas para la vegetación; y negar la lógica de acceso longitudinal (determinada por la vía del ferrocarril), a través de la implantación de un nuevo recorrido diagonal, the road: espacio lineal de gran anchura, libre al caminante, diseñado para la conmemoración, para la memoria, la reflexión y el uso social activo y participativo. Hansen explica de esta manera las sensaciones que podría tener el visitante situado dentro de este espacio de conmemoración:

    The perspective of the wide, black slab of “The Road” introduces the viewer, fresh from of their everyday existence, into the ground of the Auschwitz-Birkenau camp from the back. This direction “negates” the camp’s structure, revealing, along a stretch roughly 1 kilometre long, the authentic traces of the Nazi crime left in the concrete. Rows of high-voltage barbed wire fences cross “The Road”, and the space is filled with long rows of ruined barracks with latrines, while elongated concrete slabs with rows of small, tightly packed holes reveal the number and living conditions of the prisoners. The sense of this death space is, from time to time, interrupted with various objects of commemoration, homage, and honour placed alongside “The Road”, and especially the sight of the pebbles placed carefully by the Jews next to the original stones. These spontaneus forms appearing over time commemorate the tragic historical experience, and their diversity reflects peolpe’s protest agains murder. There is no single place of homage — the entire camp is a scene of a tragic experience. Flowers are everywhere: on the barbed wire fences, on the ruined barracks, and on the stairs leading into the crematorium chambers… The woods surrounding “The Road” are a “clock” measuring the passage of time following the tragic esdeveniments, a symbol of life being stronger than death… Finally, when we reach the end of “The Road”, we enter the open space of the fields… We return to life, to appreciate its value and to see our everyday problems in a different light (Hansen, 2005:130).

    El énfasis de Hansen en la acción humana deriva en el concepto de Open Form, idea que impregna todo su trabajo posterior. Open Form es aquello que facilita la acción libre del visitante o transeúnte; aquello que posibilita la actitud participativa a nivel individual y / o colectivo; y finalmente, aquello que promueve la aparición de usos emergentes a través de la actitud libre de la ciudadanía. Para Hansen, Open Form constituye la base física donde construir la obra en forma de evento; otorgando preeminencia a la acción del tiempo sobre el espacio. En 1959, Hansen escribe: the open form will awake the need of existence in every one of us… we will walk through it, and not around it (Hansen, 2005:130).

    Los promotores del concurso para el Campo de Exterminio Nazi de Auschwitz-Birkenau son una organización internacional de supervivientes del campo de concentración con base en Viena. En cooperación con la Unión Internacional de Arquitectos organizan a partir del mes de enero de 1957 el concurso para un monumento que debía conmemorar el sufrimiento de las víctimas del nazismo. Así se crea el Auschwitz Memorial Comittee, el presidente del cual es el escultor Henry Moore. La primera fase de selección se desarrolla en base a 426 proyectos presentados por 600 escultores y arquitectos de 36 países. Hansen presenta “The Slab”.

    We proposed to petrify the camp soil in the shape of low, massive slab, comprising two of the crematoriums and the end of the railway track. Between the crematoriums, near the end of the track, we located a depressed, narrow, and cramped yard with a bay for the ashes from the camps of the world. A terraced street carved in the slab linked the yard with the outside.

    Pero cuando pasan la primera fase del concurso, el equipo empieza a dudar de su propia propuesta:

    Did we want to commemorate a crime, or preserve evidence of it? As our sense of responsability grew, “The Slab” monument metamorphosed into “The Road” monument. A Slab of Death was transformed through death into a Road of Life (Hansen, 2005:132).

    Siete proyectos son elegidos para pasar a la segunda fase del concurso, presentada en noviembre de 1958 en las oficinas de la UNESCO en Paris. En esta segunda fase, el voto unánime del jurado se decanta por el proyecto de Hansen. Sin embargo, las víctimas no se identifican con el proyecto, alejado de la expresión clásica del recuerdo y la conmemoración. Una de las víctimas dirá: We weren’t tortured and our families weren’t murdered in the abstract (Young, 1994: 19-38) lo que reitera el conflicto sobre las capacidades de comunicación de los lenguajes formales contemporáneos y la tensión constante entre la individualidad de la víctima y la abstracción del sujeto en los espacios de conmemoración memorial.

    También, al parecer, hay presiones de tipo político (así aparece en alguna de las biografías de Henry Moore). Recordemos que el campo de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, estaba situado bajo la influencia de la Unión Soviética, desde donde se observaban con reticencia propuestas formales abstractas propias del polo occidental en el contexto de la Guerra Fría. Finalmente, el diseño ganador (1959) es fruto de un trabajo de colaboración entre tres equipos diferentes: el de Hansen junto con dos equipos italianos más. Este híbrido, posteriormente alterado por razones económicas y políticas, se inaugura en 1967 entre las dos cámaras de gas y los crematorios II y III. Y aún hoy está sometido a adaptaciones.

    Visita del Monumento a las víctimas de Auschwitz-Birkenau. Fotografía: Nuria Ricart, 2015
    Vista del Monumento a las víctimas de Auschwitz-Birkenau. Fotografía: Nuria Ricart, 2015

    El proceso que he resumido, de una enorme radicalidad conceptual, comienza en 1958, con un debate similar al que hoy plantea Ricard Vinyes en relación con el Valle de los Caídos: el acompañamiento del deterioro de la ruina y de todo el universo de simbolizaciones vinculadas a ella. Como en 1958, aun hoy nos enfrentamos a retos similares: de orden político, formal y sobre todo social, siendo central la situación de la ciudadanía, y fundamental su actitud activa y participativa en relación a la transmisión de la memoria.

    Espero haber aportado algo al debate… ¡Muchas gracias!

    Obras citadas:
    Hansen, Oskar. The Open Form – The Art of the Great Number en: Newman, Oscar; Krämer, Karl (eds.) CIAM’59 Otterlo Verlag, Stuttgart 1961, pp.190-191
    Hansen, Oskar. Towards Open Form EU, Fundacja Galerii Foksal, 2005
    Young, James E. (ed.). The Art of Memory: Holocaust Memorials in History. Germany, Prestel, 1994

  14. Marije Hristova (U. Maastricht | U. Veliko Tarnovo)Marije Hristova (U. Maastricht | U. Veliko Tarnovo)

    De ruinas y fantasmas: el ejemplo de Buzludzha (Bulgaria)

    En este momento vivo en Bulgaria. Un país que, como España, ha tenido una transición más o menos pacífica sin lustración del establecimiento político y sin una política de memoria activa. Esto resulta en un paisaje donde la mayoría de las referencias a la dictadura comunista siguen en el espacio público. Nombres de calles y pueblos, de líderes y monumentos megalómanos como es Buzludzha, el monumento que me gustaría comentar aquí como ejemplo de ruina acompañada y re-significada desde abajo.

    El monumento – sala de congreso fue inaugurado en 1981 y fue construido y pagado por todos los ciudadanos búlgaros. Solamente fue utilizado durante ocho años hasta la caída del comunismo en 1989. Después, el monumento pasó a pertenecer al ex-partido comunista. Estuvo abandonado y sin utilizar hasta que en el 1996 se dejó sin protección alguna y como resultado ha sido re-significado por los mismos ciudadanos búlgaros.

    Buzludzha side view
    Buzludzha. Foto: Robin Hanhart

    Cuando el monumento fue dejado sin vigilancia, muchos se fueron hasta allí para recuperar lo que el régimen les había robado. Los afortunados se llevaron a casa partes de las enormes esculturas de bronce. Otros tomaron su venganza destruyendo la representación de los líderes comunistas. Sólo el dictador comunista búlgaro Todor Zhivkov se salvó de tal iconoclastia ya que, poco después de la caída del comunismo, el partido socialista sí había ordenado eliminar su retrato de las paredes interiores de la sala. Irónicamente, retirado por sus propios seguidores, fue salvado de la demolición pública.

    Ahora en el monumento en ruinas habitan los fantasmas del comunismo tardío en Bulgaria. Por otra parte, la ruina nos habla de las voces de ahora, reveladas tras la iconoclastia y las nuevas significaciones a través de grafitis. Estas pintadas cambian con el tiempo. Por ejemplo, mientras que durante mucho tiempo por encima de la entrada se leía “Forget your past,” en su lugar hay un nuevo grafiti que dice, con la tipografía de Coca Cola, “Enjoy Communism.” Así, las generaciones de ahora, comentan con ironía las visitas de turistas de todo el mundo que convierten el monumento en atracción.

    Buzludzha sala de conferencias
    Buzludzha, interior. Foto: Robin Hanhart

    No obstante por muy adecuado como parque temático que parezca, por ahora el monumento no es fácilmente accesible. Las entradas se bloquearon con paredes de piedra. Si se quiere ver los murales enormes, tenemos que subir a un pequeño agujero en el lado derecho de la entrada principal. Así que, sólo a aquellos que quieran correr el riesgo de romper su pierna entre un muro de hormigón y una escalera de hormigón se les concederá ver los impresionantes interiores de la sala de conferencias.

    Muy distinto al Memento Park en Budapest mencionado por Ricard Vinyes, o la musealización de Auschwitz-Birkenau mencionado por Núria Ricart, Buzludzha nos ofrece un ejemplo fascinante de una ruina acompañada por la gente, sin legislación desde arriba. Su ejemplo tal vez nos puede servir para pensar más concretamente las objeciones de Pablo Sánchez León o de Romain Bertrand a la gestión de estos vestigios desde arriba. En Bulgaria, la no gestión de un monumento como Buzludzha está directamente relacionado con la ruina económica en la que el país se encuentra desde el 1989. Cabe señalar que, con ayudas de la UE el monumento en el centro de Sofía que se encontraba en una situación similar, será reemplazado por un monumento al “glorioso” pasado de la nación búlgara. Afortunadamente, de momento Buzludzha está demasiado lejos de la capital como para que los políticos se preocupen.

    En conclusión, la fuerza de Buzludzha está en su destrucción, convertido en paisaje fantasmagórico que alude al pasado destruido. También está en su constante re-significación que nos permite – literalmente – leer las diferentes capas de significado. Pagado por toda la sociedad búlgara, ahora ha sido re-significado por la sociedad entera, mientras que destruyen, roban, pintan o ignoran su existencia. Y, en mi opinión lo más importante, mientras que en su día ha sido un monumento que representaba claramente una única manera de interpretar el pasado, ahora ya no impone un relato único. Ahora nos confunde, llenando nuestra mente con preguntas sobre el paso del tiempo y de las generaciones. Así sirve como anti-monumento del comunismo búlgaro y soviético.

    Más imágenes e información:
    Robin Hanhart: Buzludzha monument photography.
    The Bohemian Blog: Mount Buzludzha: Bulgaria’s Communist Party Headquarters
    Buzludzha.com

  15. Sara Santamaría Colmenero (AU)

    Sobre la imposibilidad de una memoria democrática

    Gracias a todos y todas por vuestras intervenciones, que han dado lugar a un debate tan enriquecedor y especialmente a Ricard Vinyes por permitirnos desencadenar esta discusión.

    Acompañar a la ruina me parece una idea enormemente sugerente. Sin embargo, prefiero ahondar en la cuestión general que enmarca las intervenciones en el foro: la posibilidad o no de una memoria democrática.

    En el contexto actual español la propuesta de Ricard Vinyes de identificar la memoria democrática con el legado de aquellas personas que lucharon por la democracia y el estado de derecho resulta provocadora y simpatizo con ella. Sin embargo, considero que no puede haber nunca una única memoria democrática, sino una multitud de memorias en conflicto y pugna constante. ¿Quién decide cuál es “la” memoria democrática cuando el propio significado de “democracia” está permanentemente en disputa? Por ello, considero fundamental la existencia de espacios que permitan la posibilidad de disensión y me interesa enfatizar la responsabilidad de las instituciones en este sentido.

    La propuesta de Ricard Vinyes se fundamenta en una responsabilidad ética que consiste en el reconocimiento por parte de las instituciones públicas de aquellos que lucharon por la democracia. Se vincula por tanto con una decisión ética y moral. No obstante, no hay valores éticos y morales universales y a pesar de que la doctrina sobre los derechos humanos se muestre hoy como un horizonte irrenunciable no podemos olvidar que es fruto de un momento y una tradición concreta, occidental, no universal. Por ello, me interesa subrayar el carácter político de esa propuesta de Ricard Vinyes.

    La memoria, como la democracia, comporta relaciones de poder y una batalla política continua e inacabable en la que el otro cobra tanta importancia como nosotros mismos. En relación con esto, considero que el esfuerzo pedagógico de las instituciones no puede consistir en enseñar “la buena memoria”, sino en fomentar la capacidad de pensar críticamente de la ciudadanía, en garantizar la posibilidad de que exista una verdadera disensión. No hay democracia si no existe la diferencia, de ahí la necesidad de que haya otros relatos. Toda identidad y toda memoria adquieren sentido frente a los otros. Al igual que la memoria, el significado de la democracia está vinculado con el presente, con las luchas hegemónicas a las que se refería Sergio Claudio González García más arriba. No podemos saber cuál será el significado de la democracia en el futuro, pero sí sabemos que ese significado estará permanentemente en cuestión. Algo similar ocurre con los relatos sobre el pasado y la memoria.

    La re-significación es por otra parte un proceso continuo, inacabable. Sólo en un contexto que garantice y fomente la posibilidad de disensión podrán tejerse memorias acordes con algún tipo de valores democráticos, porque es la posibilidad de confrontación la esencia misma de la democracia y de lo político. Cómo gestionar la participación ciudadana en estos procesos de re-signifiación del espacio público me parece enormemente complejo y probablemente solo en el nivel local, como apuntaba Pablo Sánchez León, puedan encontrarse respuestas satisfactorias.

    Se ha puesto de manifiesto aquí cómo la perspectiva de los estudiosos no coincide siempre con la de las víctimas, ni la de éstas con la de los artistas. Quiero no obstante enfatizar esta última perspectiva —que no es la mía— pero que me gustaría tuviera una mayor presencia en el debate. Dar solución a todas estas cuestiones requiere un diálogo entre actores diversos y también de propuestas enormemente creativas. Quiero dar voz así, compartiendo sendas entrevistas, a dos artistas que han reflexionado en su obra sobre cuestiones que aquí nos planteamos y cuya visión podría enriquecer el debate.

    Joan Bonder diseñador, junto al Krzysztof Wodiczko, del Mémorial de l’Abolition de l’Esclavage de la ciudad de Nantes. https://vimeo.com/141336129

    Y Fernando Sánchez Castillo que reflexiona en conversación con Jesús Carrillo sobre su obra Síndrome de Guernica, realizada a partir de los despojos del Yate “Azor” del dictador Francisco Franco. https://vimeo.com/36740814

    Como decía, la propuesta de acompañar a la ruina me resulta enormemente sugestiva e incluso cautivadora. Sólo el sentimiento de nostalgia que en mi forma de comprensión vehicula la ruina me produce cierta inquietud al respecto. Quizás sólo un ejemplo radical de acompañamiento y de participación como el de Buzludzha, descrito por Marije Hristova, pueda mantener el espíritu crítico al que me refería antes, a salvo de la nostalgia, la comercialización y la autocomplacencia de las sociedades democráticas.

  16. MariaChiara Bianchini

    Hola a tod@s.

    Antes que nada quiero agradecer a Ricard Vinyes y a los participantes de este debate, que encuentro muy enriquecedor.

    Quiero compartir una reflexión sobre una de las cuestiones que me sugieren estos textos. Estoy de acuerdo con la idea de que el patrimonio debe representar una decisión ética, como plantea Ricard, y a la vez con la perplejidad que levanta Pablo Sánchez León acerca de la persistencia de estos vestigios en el espacio público, unida a la posibilidad del resurgimiento de ideologías afines a las de sus creadores. Sin embargo, al hilo de estas reflexiones, no puedo dejar de pensar en lo que Tzvetan Todorov escribió acerca de la “tentación del bien”: según este autor, uno de los abusos de la memoria consiste en representar el pasado como un mundo de buenos y malos, y crear narraciones en las que nos situamos decididamente al lado de los primeros, mientras condenamos rotundamente a los segundos (2002). Es una solución bastante fácil, que Todorov releva, por ejemplo, a propósito, de su visita al Museo de la Memoria de Chile (2013): la sacralización y demonización, de por sí, advierte, no contribuyen a un conocimiento crítico del pasado ni nos permiten ver lo que todavía hay de ese “mal” en nosotros mismos, y en nuestra cultura presente. Es tal vez lo que quiso sugerir también Emilio García Delgado en su comentario, cuando dice que el franquismo se “introdujo bajo las camillas de los braseros”.

    Posiblemente el “Nunca Más”, que es un objetivo importante de la pedagogía cívica que se realiza entorno a pasados caracterizados por la violación sistemática de los derechos humanos, no pasa sólo por la repetición de un discurso que sacraliza a las víctimas y demoniza a los victimarios, sino por la capacidad de una re-lectura constante y crítica del pasado, y de sus herencias presentes. Eliminar sus símbolos, constituye una suerte de “damnatio memoriae”, que puede tener sentido sobre todo en la etapa inmediatamente posterior al fin de esos regímenes o como forma de reparación simbólica a los que se consideran sus víctimas directas, pero no creo que deba ser el objetivo principal de una política de memoria interesada en contribuir a la democratización de la sociedad. Para que los vestigios sirvan de algo para la sociedad del presente tampoco creo que convenga eliminarlos. No solo porque aquello podría contribuir a un olvido sin ninguna función pedagógica hacia las nuevas generaciones, sino me pregunto si incluso podría alimentar nostalgias peligrosas, que a menudo convergen entorno a los símbolos prohibidos (digo esto sobre todo pensando en mi país de origen, Italia, donde la “apología del fascismo” está prohibida legalmente desde 1952 y, sin embargo, algunos de sus símbolos tienen una presencia bastante difundida y generalmente tolerada, sobre todo en determinados círculos juveniles). En este sentido, me parece muchos más interesantes experimentar con el “acompañamiento”, “la “re-significación”, la “interpretación histórica” del vestigio, según la situación específica de cada caso. Por otro lado, no creo que estas actuaciones impliquen quitar a la intervención un carácter reparatorio hacia las víctimas, sino incluso todo lo contrario

    Sin embargo, lo que me parece relevante de estas prácticas no es tanto el destino del objeto material, sino los procesos a través de los cuales tomamos e implementamos estas decisiones. En varios de los comentarios, además que en el texto de Ricard, aparece la referencia a la participación y la necesidad de crear espacios para que la decisión sobre los vestigios sea pública y participada. Retomando este punto, en mi opinión, el proceso mismo de diseñar estos espacios o estos mecanismos de participación, y la realización de diálogos abiertos finalizados a este objetivo –diálogos que no necesariamente surgen de las instituciones, sino también de agrupaciones ciudadanas e individuos – es el mayor aporte que pueden dar estos vestigios a la democracia de hoy. Ésta es posiblemente la principal “ensañanza” que, de nuevo, derivo de mis conocimientos sobre las experiencias de asociacionismo autónomo y activismo ciudadano por los “vestigios” de la represión que he visto en los países del Cono Sur.

    Creo que lo deseable son las políticas de memoria -y aquí de nuevo, me refiero a “políticas” que también pueden ser iniciativas de parte de individuos o grupos ciudadanos- que favorecen la agregación, el debate público y la expresión constructiva del conflicto acerca de la historia común y de sus significados.

    En este sentido, los vestigios no son estorbo, sino una oportunidad: en torno a ellos podemos intentar crear espacios de reflexión crítica sobre nuestras identidades, sobre lo que hay de “franquista” en nuestra forma de vivir en sociedad, y sobre los proyectos de futuro que queremos perseguir. En la posibilidad de estos cuestionamientos está, creo, la riqueza de los vestigios. Pueden servir para la evolución en el momento en que dejamos de ser víctimas de su fetichismo, y los miramos de una manera distinta, como puntos físicos y simbólicos en los cuales desarrollar la creatividad y el pensamiento crítico, y experimentar nuevas maneras de construir “lo público”.

  17. Fernando Hernández Holgado

    Llego a este debate in extremis, a punto de cierre, y lo primero es felicitar a las promotoras del mismo y a los intervinientes. Simplemente apuntaré algunas impresiones, algunas ideas que me han asaltado con la lectura del blog.

    Sobre la resignificación de los vestigios franquistas, comparto de principio la opinión de Pablo Sánchez León en cuanto actuación deseable, plural, democrática en cuanto participativa, y sin embargo, y ese es el problema, tremendamente (demasiado) ambiciosa. Y paso explicar un ejemplo histórico bien logrado de resignificación de un vestigio. Todavía mi generación, la quinta del 64, sabía bien lo que representaba la Dirección Gral. de Seguridad de Madrid, antiguo Palacio de Gobernación. De ahí mi sorpresa cuando, recientemente, descubrí que Serrano Súñer asociaba en 1939 el edificio al nefasto siglo XIX y a la aún más nefasta Segunda República, toda vez que de allí partieron los asesinos de Calvo Sotelo en 1936, motivos sobrados que justificaban para él, por aquellas fechas, la demolición del caserón y de la plaza entera, la Puerta del Sol. Para realizar, claro está, su irrealizable plaza tipo Speer que no salió de los planos. Algo que, por cierto, no deja de ser un ejemplo más de la actitud -oficial- ante un vestigio evocador de un régimen anterior que molestaba.

    Lo irónico del caso es que el destino efectivo del Palacio de Gobernación terminó resignificándose – sin necesidad de ser destruido “por republicano”- en el que sería uno de los iconos o monumentos franquistas por excelencia, la famosa “DGS”, gracias a la represión sistemática ejercida en aquel lugar por el régimen, y, sobre todo, por la memoria que del mismo quedó en la ciudadanía: es decir, gracias a su uso por la dictadura y a la memoria que ese uso dejó en la gente. Como éxito no buscado de resignificación de un vestigio, considero que es un ejemplo de antología.

    Pero claro, estamos hablando aquí, para este ejemplo, de procesos sociales, y largos, algo que trasciende infinitamente intervenciones concretas o políticas de memoria, por muy ambiciosas que se pretendan (como lo fue efectivamente la política memorial del franquismo). A estas alturas, por lo demás, y pese a la enorme eficacia de la no-deseada sino encontrada “resignificación” franquista del antiguo palacio de Gobernación, me pregunto cuántos jóvenes de los que pasan actualmente por delante del actual Palacio de la Comunidad conocen el significado de la antigua “DGS” y si quedará algo que resignificar.

    Con este ejemplo no pretendo criticar las actuaciones de resignificación, sino bajarlas a tierra, reducir su ambición. Considero que Ricard Vinyes hablaba acertadamente de resignificaciones constantes: eso es un hecho, es lo que pasa. Una actuación determinada de resignificación de un vestigio con vocación de “hablar a las generaciones venideras”, esto es, al futuro, puede que al final no termine hablando más que de sí misma, de su propio presente. Y está bien que sea así, y que seamos -humildemente- conscientes de ello. La referencia, más que temporal, habría de ser espacial: la propia participación de la gente de ese presente -la mayor cantidad posible- en la iniciativa concreta de actuación: es lo mismo que sostiene Pablo Sánchez León cuando habla de democratizar las políticas de las políticas de memoria. Estoy de acuerdo. En el medio está el mensaje, que ha de ser ante todo democrático.

    Una última cuestión, casi relacionada con esos “pliegues” de la memoria, o de la historia, que bien pueden quedar ilustrados por la resignificación constante, histórica, buscada o no buscada, casi azarosa, de añejos edificios como el de la Gobernación de Madrid. Una iniciativa como la presentada por Pablo para la “Colina de las Humanidades” de Madrid, tremendamente interesante, debería ser escrupulosamente exhaustiva a la hora de documentar el lugar desde la historia -la disciplina histórica- y también desde la memoria. Ya sé que esto queda demasiado ambiguo, pero lo explicaré con un ejemplo. Poco sabe la Historia -no hay monografía alguna publicada sobre ello- del breve uso que tuvo, quizá durante un año escaso, recién acabada la guerra, el edificio del antiguo Instituto Escuela -uno de los de la Colina- antes de convertirse en colegio Ramiro de Maeztu. Se trata de un fino pliegue histórico del que conservaron un vivo recuerdo mujeres como Trinidad Gallego, Manolita del Arco o Josefina Amalia Villa, encarceladas en 1939. El edificio albergó la primera prisión de madres, la llamada “del Alto del Hipódromo”, formada por reclusas trasladadas con sus hijos desde las prisiones de Ventas y Claudio Coello. Un brevísimo pliegue histórico, pero de enormes consecuencias para las vidas de mucha gente -la mortandad por falta de higiene y desatención, por ejemplo, de decenas de niños y niñas- cuyo conocimiento nos hay sido regalado por aquellas mujeres de memoria terca.

  18. Equipo MemorÁgoraEquipo MemorÁgora Autor

    Desde el Equipo MemorÁgora queremos expresar nuestra satisfacción por la buena acogida que ha tenido este primer foro virtual. Queremos dar las gracias de nuevo a Ricard Vinyes por su contribución indispensable para este debate y a todas las personas que han participado y se han hecho eco del mismo.

    Ante nuestra propuesta de pensar acerca de la memorialización de los vestigios del franquismo se han disparado muchas temáticas que apuntan en múltiples direcciones. Ricard Vinyes lanzaba la idea de “acompañar la ruina”, algo que ha generado reacciones diversas por parte de lxs compañerxs que se han animado a participar. Ricard señalaba que el universo simbólico de las ruinas ha dejado de tener sentido en el presente. A sus ojos las ruinas poseen un sentido dislocado. Este universo simbólico había articulado en el pasado las prácticas, los relatos y los principios morales de la sociedad en dictadura. Prácticas y relatos que, sin embargo, no tienen cabida en la actualidad.

    Las políticas de memoria franquistas, como apunta Sergio, configuraron el espacio social a través de signos materiales o inmateriales y, como dice Emilio, el franquismo había penetrado en la vida cotidiana. Sergio se pregunta hasta qué punto la naturalización de estos vestigios, que permanecen incuestionados, no supone un triunfo del franquismo. En este sentido, parece que asimilarlos sin más sería un fracaso, pero entonces ¿qué hacer con ellos? La eliminación de estos vestigios ha sido una de las medidas iconoclastas propuestas por la Ley de Memoria Histórica. Sin embargo, como apunta David, ¿no existe un vínculo entre la materia y la memoria? Es decir, ¿destruir el Valle de los Caídos no significaría acabar con la memoria que todo ese lugar puede desprender? De ahí la propuesta de Vinyes, que ve en el acompañamiento una alternativa a la naturalización y a la destrucción de los vestigios. Este acompañamiento debería, sin embargo, hacerse desde una práctica social, es decir, que debería implicar un esfuerzo de visibilización, participación y pedagogía con y hacia lxs vecinxs y ciudadanxs. Esto responde a una de las cuestiones que lanzábamos desde el foro sobre cómo y quién debe enfrentarse a la tarea de acompañar la ruina, lo que nos lleva a la eterna dialéctica entre la iniciativa institucional y las prácticas de la ciudadanía.

    En ese sentido, varias intervenciones abogan por la participación activa de la sociedad y la democratización del diseño de las políticas de memoria. Éstas podrán abarcar desde la destrucción hasta la restauración o a la re-significación. Pablo Sánchez enfatiza sus posibilidades, mientras Fernando subraya sus limitaciones y José Carlos alerta sobre los riesgos de banalización. Marije, por su parte, propone el caso Buzludzha como ejemplo paradigmático de re-significación ciudadana espontánea, en un proceso en el que el edificio se convierte en un palimpsesto de significados y de memoria, como si de arqueología se tratara. En este sentido, la ciudadanía ha respondido libremente a la tarea de acompañar esta ruina a través de lo que Pablo Martín denomina “actos vandálicos”. Ante este caso nos preguntamos si el ímpetu por hacer partícipe a la ciudadanía no podría ser también en cierta manera una forma de inducir a la misma en ciertas prácticas por parte de la institución o, en palabras de Sánchez León, del humanismo cívico. Por otra parte, como subraya Chiara, esta iniciativa no corresponde necesariamente a las instituciones, sino que, como muestran algunas experiencias de memoriales en el Cono Sur, también los grupos ciudadanos pueden organizarse para ocupar el espacio físico y simbólico de los vestigios y usarlos de manera creativa.

    Un caso opuesto es el que presenta Núria del campo de Auschwitz, en el que la institución organizó un concurso público y eligió una intervención para el lugar. Lo interesante de este caso es el rechazo de esta elección por parte de las víctimas, que no se sintieron representadas. Pensar en la relación entre víctimas e instituciones, a su vez, nos lleva a preguntarnos, como sugiere PG, hasta qué punto atiende el Estado español a las víctimas del franquismo, cuando la investigación jurídica y el reconocimiento público de sus crímenes han sido débiles, cuando no directamente hostigados por las instituciones estatales. El discurso público sobre víctimas y victimarios ha estado sujeto principalmente al silencio institucional, y en ocasiones también al acoso mediático. Las políticas estatales de condena al franquismo y para la reparación a sus víctimas han sido pocas, tímidas y contradictorias. En este contexto, quizá, quitar un monumento y dejar el espacio vacío, es una vez más, sobre todo dejar vacío de discurso ese espacio, no tanto crear uno nuevo.

    En todas estas preguntas subyace la cuestión de la función ética y política de los memoriales, así como de la relación entre Estados y ciudadanos, y entre grupos distintos de la sociedad —con sus jerarquías y relaciones de poder— que se manifiestan también en los usos públicos del pasado.
    Nosotras nos preguntábamos también si estos memoriales debían ser plurales e inclusivos o si debían apostar decididamente por una ética vinculada con los valores de las sociedades democráticas actuales. Vinyes se decanta por esta última opción: en su opinión la ruina debe responder a la memoria del patrimonio ético de los “actos contra tiranías, la sucesión de rebeliones y los esfuerzos contra las distintas injusticias”. Sin embargo, tanto Pablo Martín, como Sergio encuentran esto último problemático, por la dificultad de establecer un consenso en torno a la idea de ética o moral, que irremediablemente llevaría a un conflicto por la hegemonía y las luchas de poder. En esta misma línea, Sara considera que la de Vinyes es una propuesta de carácter “político” y que es en ese espacio donde deben dirimirse los conflictos sobre la memoria. Una variable introducida por David es la de la Transición como eje desde el que pensar la posibilidad de la memoria cuando prácticamente no se ha llevado a cabo ningún tipo de reparación por parte de los organismos públicos. Y, más allá de eso, David cuestiona la propia factibilidad de la memoria en las democracias actuales, que también muestran condiciones opresivas y determinantes.

    Vinyes se ha referido a la muerte del universo simbólico del franquismo. Ante su afirmación de que “muerto el relato, muere la piedra”, Sergio respondía que quizás “las piedras tengan algo que decir por sí solas”. En cualquier caso, los debates que suscitan las intervenciones sobre estos vestigios en el espacio público reflejan la actualidad y los significados que seguimos atribuyendo desde el presente al pasado, en ocasiones con resultados imprevisibles. Cuando las piedras empiezan a “hablar”, posiblemente no conviene ignorarlas, sino más bien aprovechar la ocasión para aprender a lidiar con ellas, como Sísifo, a través de todas sus resignificaciones, de dialécticas expresivas y representativas, de disensos en los que enfatizar lo común, un proceso constante y vitalista, semejante a la propia esencia de la memoria.

    Estos son solo algunos de los hilos de reflexión que emergen de las intervenciones de este foro, que sin duda seguirán dándonos mucho que pensar. Sin ánimo de ofrecer una conclusión, dejamos a disposición el material producido, para que de él puedan derivarse otras lecturas y preguntas. Sin duda, los resultados obtenidos nos animan a perseverar en nuestro empeño. El objetivo principal de este foro ha sido debatir e intercambiar opiniones sobre cuestiones relevantes no solo para el ámbito académico, sino también para la sociedad en que vivimos. Con este primer foro sentimos haber dado un primer paso en esa dirección. La coincidencia del desarrollo del debate virtual con la polémicas que se han generado en torno a la remoción de símbolos franquistas en la ciudad de Madrid nos reafirma en la necesidad de espacios como éste, que establezcan puentes entre el trabajo académico y el compromiso ciudadano, y contribuyan a una reflexión más profunda sobre la gestión del pasado en nuestra sociedad actual, estimulando el intercambio constructivo.

    Al igual que Memorias en Red, la Plataforma MemorÁgora constituye para nosotras un lugar de resistencia ante las transformaciones que el discurso neoliberal opera en nuestras vidas. Surge de un trabajo colaborativo que ha superado numerosas dificultades y se ha tejido en el hilo virtual que ha conectado Madrid, Sofía, Santiago de Chile, Limoges, Barcelona, Bilbao, París y Aarhus. Ha sido fruto de la disensión y la discusión constantes, y ha estado alimentado por la satisfacción de sentir que estábamos creando algo juntas y que el resultado era mucho mayor que la suma de las partes. Tomamos la experiencia de este primer foro como un punto de partida y como parte de un aprendizaje que nos servirá para los siguientes. A lo largo de este mes de febrero el foro ha recibido más de 1400 visitantes y más de 1700 visitas. Gracias de nuevo a todas las personas que han participado activamente compartiendo sus reflexiones y a aquellas que han compartido este espacio en silencio. Os invitamos a seguirnos en la web y a participar en los próximos foros, ya que sin vosotrxs esta iniciativa no sería posible. Mientras tanto, podéis hacernos llegar vuestros comentarios, sugerencias y/o propuestas a memoragora.memoriasenred@gmail.com

    Equipo MemorÁgora

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