FORO 2

P R E S E N T A C I Ó N

Hace veinte años sólo un acontecimiento de la historia de España producía en nosotras tanta o mayor curiosidad que la guerra civil española. Quienes alcanzamos la mayoría de edad en torno al cambio de siglo queríamos saber qué había pasado durante ese proceso fundamental cuyas imágenes se correspondían a nuestros ojos con las de aquel documental de Victoria Prego que, editado en cintas VHS y distribuido por El País, llenaba las paredes del salón de las más afortunadas. Dispuestas a verlo de cabo a rabo, el relato atropellado de la voz en off de Prego y la sucesión acelerada de imágenes, nos sumía en una profunda confusión. Eran las mismas imágenes que repetidamente veíamos en televisión cuando se hablaba de aquel proceso, pero lo que allí se contaba carecía de sentido para nosotras. Esa decepción se sumaba a la de no haber estudiado la guerra civil española, pese a que formaba parte del currículo de Historia de 3º de BUP.

VÍDEO 1 PLAY

// Documental “La Transición”, Capítulo 1 // Radio Televisión Española // 1995 //

A partir del año 2000 las imágenes y referencias a las fosas del franquismo comenzaron a multiplicarse en el espacio público y aquel relato sobre la transición, que se nos había antojado confuso, empezó a resquebrajarse. Visiones críticas con el proceso político de transición y narraciones alternativas a la que se consolidó en la post-dictadura aparecieron tempranamente (Vidal-Beneyto 1981, Passamar 2015), pero no tuvieron gran impacto. El debate sobre la transición se ha azuzado sin embargo durante los últimos quince años al calor de las disputas en torno a la guerra civil y sobre qué lugar debían ocupar las víctimas del franquismo en un régimen democrático. En el contexto de eclosión de las reivindicaciones en torno a la llamada “memoria histórica” se han articulado diversas relecturas de aquel proceso.

Para unos la transición ha supuesto un pacto de olvido y de silencio y reivindican la herencia de la República como referente democrático. Otros reaccionan contra estas reivindicaciones fortaleciendo la visión de la transición como un proceso de reconciliación nacional y fundamento del sistema democrático. Si bien las y los estudiosos han realizado análisis mucho más complejos a lo largo de todos estos años (Radcliff 2011, Molinero 2007, Ysàs 2007, Sánchez Cuenca 2014, Baby 2014, etc.), estos últimos no han tenido gran repercusión en la esfera pública. Y, por otro lado, pese a su voluntad de objetividad, todos estos relatos están imbuidos de los proyectos políticos actuales, en tanto que “la transición” sigue funcionando como una referencia para cualquier discurso sobre la democracia en España.

A raíz del movimiento 15M la crítica de la llamada “cultura de la transición” (AA.VV. CT o la Cultura de la Transición, 2012) ha cobrado impulso entre amplios sectores de la izquierda, y ha sido puesta al servicio de nuevos proyectos políticos y reivindicaciones, pero a costa de renunciar, en muchos casos, a la elaboración de visiones complejas de aquel proceso histórico. Por ejemplo, si la transición conllevó sin duda muchos silenciamientos, achacar todos ellos a la actuación de las élites políticas resulta no sólo reduccionista, sino también despolitizador, puesto que reduce la capacidad de acción de individuos, colectivos y sujetos políticos, que pudieron escoger quizás otros caminos y, sin embargo, no lo hicieron. En el contexto de crisis social, política y económica, numerosas protestas ciudadanas y movimientos sociales toman como referente las luchas que tuvieron lugar al final del franquismo. Sin embargo, en la urgencia de la batalla por la memoria, tal vez se esté dejando de lado la posibilidad de un aprendizaje crítico, y auto-crítico, a partir de esos procesos.

Eneko

// Viñeta “La Transición” // Eneko // 2009 //

En una coyuntura en que plataformas ciudadanas y viejos y nuevos partidos políticos que gobiernan municipios y regiones están impulsando otros relatos, el presente debate está motivado por el deseo de explorar qué usos políticos se están haciendo de la transición española y qué otros se podrían hacer y al servicio de qué proyectos. Nos preguntamos qué lugar ocupan hoy las luchas sociales que debilitaron al franquismo y cómo aquellas experiencias sirven o podrían servir, más allá de la idealización y el victimismo, como referente para otras experiencias. Queremos problematizar asimismo el propio término de “transición” y ver qué connotaciones conlleva y cómo permite o limita formas distintas de pensar el pasado y construir el futuro. Así pues, nos interrogamos sobre lo que nos han contado de la transición y sobre lo que no nos han contado. Nos preguntamos qué relatos perviven de la transición y a qué intereses responden. ¿Qué memorias de aquel proceso y de aquellas luchas sociales sobreviven hoy en el espacio público y por qué? ¿Qué iniciativas y prácticas, desde la investigación, el arte, o la vida cotidiana subvierten las representaciones dominantes de la transición y cómo lo hacen?

//// Sara Santamaría y Equipo MemorÁgora ////

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LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA:

El cuento de nunca acabar.

//// Alison Ribeiro de Menezes ////

La transición española, como tantos otros eventos históricos, ha tenido sus altibajos. O, mejor dicho —dado que es tan joven— un alto, y ahora un bajo. En su momento, la transición fue vista como un modelo hasta vendible, la forma ideal de democratizar después de una dictadura. Lo que Samuel Huntington llamó the third wave o la tercera ola de democratización empezó, tal y como nos explica el politólogo en su libro de 1991, en Portugal y España a mediados de los sesenta. Hoy día, la transición española parece representar los fallos de una democracia en ruinas, la dureza de una sociedad poco solidaria con los menos afortunados, la arrogancia de una clase política que no escucha. Es interesante que, en Portugal, la Revolución, a pesar de tener sus detractores, no esté tan mal vista.

// ¿Cómo veo yo la transición española? ¿Qué hacer con ella? //

Primera piedra de toque: siendo británica, súbdita de la Reina que preside la mother of parliaments (o la madre de las democracias parlamentarias, la frase es del diputado John Bright en 1865), he reflexionado a veces sobre la concepción bastante idealista que a mi parecer los españoles tienen de lo que es una democracia. No lo digo para subrayar la perfección de la democracia británica, sino todo lo contrario. Como insinuó Winston Churchill, la democracia es un sistema imperfecto de gobierno. No se instala, sin más, para vivir un futuro feliz. La democracia implica una negociación difícil y continua, un proceso que todos tenemos que respetar, defender y cuidar.

Precisamente ahora, la supuesta madre de las democracias nos demuestra hasta qué punto la falta de un espacio público de debate serio, informado y respetuoso, asequible para todos, se convierte en un enorme peligro para el futuro de una sociedad cohesiva y para el futuro de sus naciones constituyentes. La democracia no es un objeto que se instala como la cocina nueva en casa; es un norte que gobierna nuestras relaciones interpersonales, sociales, internacionales. Se nutre sobre todo del diálogo, porque es una forma colaborativa de organizar nuestras relaciones sociales que sigue evolucionando con el tiempo y a través de la historia. Y esta es una lección no solo para el Reino Unido o España, sino para Occidente en general.

Foto 3 de marzo_Vitoria_Memorial Vasco

// Acto conmemorativo del 40º aniversario en el Memorial 3 de Marzo en Vitoria-Gasteiz // Foto: eitb.eus // 2016 //

Segunda piedra de toque: siendo también irlandesa (tengo doble nacionalidad), siempre he considerado que la Historia no existe en singular; es una construcción potencialmente engañosa que debemos pensar en minúscula y en plural. En realidad, hay siempre muchas historias, muy ricas, a veces contradictorias o aun conflictivas. Es esta la fuerte conclusión a la que llegué después de vivir y sufrir veinte años de violencia en Irlanda del Norte en los setenta y ochenta. Los últimos veinte años que he pasado en Dublín me han confirmado el carácter subjetivo y cambiante de la historia; en el caso de Irlanda el ajuste ha sido para mejor.

Así, en mi opinión, la gran ventaja de la crítica literaria consiste en su potencialidad para analizar narrativas sobre el pasado con vistas, por ejemplo, a problemas de exclusividad e inclusividad, para luego indicar hasta qué punto estas narrativas pueden variar con el punto de vista y el enfoque que se adopten en un contexto dado. A fin de cuentas, una narrativa –histórica o no– es una valorización de ciertos elementos considerados más importantes y una minusvaloración de otros juzgados como menos impactantes. Parece obvio. Y ya que es la gran lección del Quijote, se podría decir que tuvo su máxima expresión en España. Sin embargo, la consecuencia es algo que no se subraya bastante con respecto a la transición española: sencillamente, las interpretaciones de la historia cambian con el enfoque y con el tiempo.

Ofrezco estas dos consideraciones como fundamentos sobre los cuales construyo mi intervención en este foro: el hecho de que los debates de memoria recientes han desembocado en una revalorización inevitable y necesaria, pero a la vez transitoria y contextualizada, de la transición. Desde las alturas de la perfección, se ha caído en las profundidades de una visión pesimista y derrotista. Un alto y un bajo. Sin embargo, la transición nunca fue perfecta; dejó enterradas e ignoradas a muchísimas víctimas y arrumó la justicia en el trastero como algo pasado de moda. Sin embargo, la España de hoy no es different de las otras democracias occidentales, en la frase famosa del Régimen. El desencanto de la sociedad española con la configuración actual de su sistema político, con sus políticos, y con sus instituciones, es algo que comparte con casi todas las sociedades europeas. Sin embargo, está claro que cada país es diferente en la manera en la que se manifiesta el desengaño.

// Tres tesis //

En el caso de España, propongo tres tesis:

1 // La memoria histórica, que surgió a partir del año 2000, ha abierto toda una serie de cuestiones sobre la transición, desde la falta de justicia transicional y la vergüenza de la existencia de fosas comunes, hasta un cuestionamiento de la Constitución de 1978 y las relaciones autonómicas. Son cuestiones serias, válidas y urgentes que se deben abordar a través de un diálogo respetuoso.

2 // La memoria histórica señala las intersecciones entre el populismo y el elitismo tanto en la historiografía (donde el populismo o revisionismo sin fundamentos probados es muy problemático), como en el poder de los movimientos de base y de barrio (de los que la sociedad española debe enorgullecerse, a mi parecer).

3 // La memoria histórica subraya el problema de las marcas interpretativas del pasado. En concreto, es problemático interpretar la historia como patológica. La idea del país como enfermo, necesitado de una intervención para curarlo es un enfoque muy peligroso; sabemos a dónde nos ha llevado en el pasado.

De ahí dos implicaciones:

a // La memoria establece un puente entre el pasado y el futuro o, mejor dicho, la memoria es una visión del pasado contemplado desde el presente con vistas al futuro. Nos sirve para interrogar el presente e imaginar un futuro alternativo.

b // Las metáforas y el lenguaje que utilizamos para describir el pasado y el presente pueden influir activamente en la construcción del futuro; debemos tener un cuidado especial tanto con las formas lingüísticas como con la marca metafórica que utilizamos.

Mi objetivo, al proponer esta visión de la democracia, no es defender la transición española como un evento acabado, una cosa fija que no puede ser modificada, sino subrayar el hecho —bastante decepcionante, tal vez— de que una democracia es —evocando un libro de Carmen Martín Gaite— un cuento de nunca acabar. Como cuento es una narrativa cambiante, variada y variable. Y ya que se espera que nunca más acabe, hay que cuidarla, trabajarla, y analizarla honestamente con vistas a un futuro comprensivo, solidario con todos los marginados, así como los menos afortunados de la sociedad.

VÍDEO 2 PLAY

// Documental “Lo que no puede ser visto debe ser mostrado” // María Ruido // 2010 //


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¿LA CULPA FUE DE LA TRANSICIÓN?

//// Ignacio Sánchez-Cuenca ////

La Transición no fue motivo de disputa política hasta el inicio de los debates sobre la memoria histórica, a finales de los años noventa. Por supuesto, desde los extremos del espectro ideológico se habían impugnado algunos de los acuerdos fundacionales de nuestro sistema democrático. Así, desde la derecha más doctrinaria nunca se aceptó de buen grado la descentralización territorial, mientras que la izquierda más pura no reconocía la forma monárquica. Estas protestas, sin embargo, permanecieron en los márgenes.

// Tres generaciones //

El cambio de lectura sobre la Transición tiene mucho que ver con la evolución demográfica de la sociedad. Aunque resulte una simplificación grosera, conviene distinguir tres generaciones: la de quienes vivieron la Guerra Civil y la posguerra, la de sus hijos y la de sus nietos. La Transición la hicieron fundamentalmente los hijos (la mayoría de ellos, por cierto, pertenecientes a familias de vencedores), bajo la atenta y en ocasiones amenazadora mirada de la generación de sus progenitores. La revisión de la Transición corresponde, en cambio, a los nietos.

En esencia, los nietos reprochaban a sus padres la injusticia que supuso renunciar a pedir cuentas por el pasado. Los jerarcas del régimen franquista pudieron reciclarse sin problemas en la nueva democracia. La Ley de amnistía de octubre de 1977, que para los políticos de la época significó un acto de concordia y reconciliación, fue con el tiempo reinterpretada como una ley de punto final similar a las que se promulgaron en algunas transiciones democráticas latinoamericanas.

VÍDEO 3 PLAY

// Videoclip “No olvidamos, 3 de Marzo” // Soziedad Alkoholica // 2017 //

Los protagonistas de la Transición española siempre han alegado, en su defensa, que en aquellos momentos no se podía ir más lejos ante la amenaza militar. Se trata de una respuesta razonable, pero insuficiente, pues no explica por qué casi todos ellos han visto con recelo la reapertura de la cuestión más de veinte años después, cuando los peligros iniciales que ellos mismos señalaban ya se habían superado. Por supuesto, la derecha lo ha vivido como una afrenta, adoptando el rol de víctima ante un ánimo revanchista (e incluso “guerracivilista”) de la izquierda.

La gran crisis económica ha abierto un debate distinto que va mucho más lejos que el de la memoria y tiene que ver con la impugnación global de la democracia surgida de nuestro modelo de Transición. Los males del llamado “régimen del 78” tendrían su origen en las componendas y cesiones que se hicieron tras la muerte del dictador.

// Dos polos //

Como suele suceder en estas circunstancias, se han configurado dos polos. El primero estaría formado por quienes consideran que la Transición fue un logro histórico y que los defectos que se señalan a propósito de nuestro sistema democrático son exagerados o injustos. El segundo, a su vez, consistiría en pensar que la Transición fue un apaño vergonzante en el que las élites políticas se repartieron el poder y que, por decirlo brevemente, “de aquellos barros vienen estos lodos”.

Quisiera centrarme en esta segunda posición, señalando que se pueden compartir muchas de las críticas sobre el funcionamiento de nuestro sistema político y económico sin tener que aceptar que el origen de los problemas se encuentra en la Transición. La dificultad radica en cómo demostrar que el mal funcionamiento de nuestra democracia procede de la Transición y no de los cuarenta años de dictadura anteriores, del bajo nivel educativo de la sociedad en comparación con otros países europeos más avanzados, de los bajos niveles de confianza social o de cualquier otro factor que se considere relevante para entender el funcionamiento de una democracia. Es más, cabría incluso tener una visión crítica con el modo en que se desarrolló la Transición y considerar sin embargo que eso tuvo un impacto menor en la democracia posterior.

VÍDEO 4 PLAY

// Discurso de proclamación de Felipe VI // Radio Televisión Española // 2014 //

Quienes sostienen visiones más críticas con la Transición no se han tomado la molestia de demostrar que realmente la extensión de prácticas corruptas y clientelares, el déficit de recaudación fiscal de España, la politización de la justicia y otros muchos problemas que habitualmente se achacan a la democracia española son resultado de lo que se hizo durante la Transición. El principal obstáculo es que quienes achacan buena parte de la responsabilidad a la Transición no pueden explicar por qué muchos de los problemas denunciados se dan también, con no menor intensidad, en otros países que tuvieron Transiciones muy distintas y muy distantes. Si dichos problemas se observan también en otros lugares, ¿podemos pensar que en cada país tienen unas raíces históricas específicas? ¿No sería más razonable concluir que debe haber unas causas comunes que van más allá de la forma en que se realizó la Transición en cada caso?

Expuestas estas prevenciones metodológicas frente a las lecturas más ideologizadas de la Transición, me gustaría presentar, de forma muy tentativa, una hipótesis sobre el legado de la Transición en nuestra democracia. De acuerdo con esta hipótesis, la Transición, por la forma en que se llevó a cabo, mediante negociaciones entre élites, con escasa participación de movimientos populares, que se tuvieron que contentar con presionar desde la calle o desde la fábrica, y con una renovación muy insuficiente en los aparatos del Estado, habría configurado una democracia poco respetuosa o poco atenta hacia las demandas “de abajo”, favoreciéndose así los elementos oligárquicos del sistema, mediante un cierre entre los partidos dominantes. Esta sería una característica específica de nuestra democracia que no se detecta en otras de nuestro entorno.

Pongamos por caso el ejemplo de los desahucios. Los dos grandes partidos tradicionales, PP y PSOE, no reaccionaron a tiempo ante este drama social. En el caso del PP puede que sus cuadros estuvieran alineados con los intereses de los bancos, pero en el caso del PSOE es más fácil imaginar que, simplemente, sus dirigentes habían perdido contacto con la calle. En general, la resolución de la crisis a través de las políticas de ajuste ha sido más “autoritaria”, brutal e injusta en España que en nuestro país vecino, Portugal, donde, sin ir más lejos, la desigualdad social apenas ha aumentado.

No se trata solo de los partidos políticos: también los medios de comunicación tradicionales, la Administración y las grandes empresas han demostrado en muchas ocasiones ser especialmente impermeables a demandas ciudadanas muy extendidas. Esa falta de “porosidad” de las élites y estructuras de poder en España puede tener su origen, al menos en parte, en una Transición que se hizo de arriba abajo, a través de encuentros discretos entre élites, con limitada atención a lo que la ciudadanía demandaba.

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// Acto conmemorativo del 39º aniversario en el Monumento a los Abogados de Atocha en Madrid // Foto: Comisiones Obreras de Madrid (2016) //


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4 pensamientos en “FORO 2

  1. Óscar J. Martín García

    Hoy en día existe una considerable producción historiográfica que ha puesto de relieve el importante papel que jugó la protesta colectiva en el desencadenamiento de la crisis de la dictadura y la transición a la democracia. Disponemos ya de una amplia bibliografía que demuestra que los movimientos y actores sociales no fueron agentes pasivos del cambio democrático. Pero los estudios que plantean un enfoque de la transición desde abajo han pasado desapercibidos para buena parte de la opinión pública. A pesar de la rigurosidad de muchos de estos trabajos, sus conclusiones no forman parte de la memoria colectiva de la transición, son desconocidas por el conjunto de la sociedad española, incluso por los sectores más ilustrados y activos políticamente.

    Es decir, como ha apuntado en alguna ocasión Carme Molinero, existe una amplia distancia entre una parte del conocimiento académico y el socializado, cuya causa se encuentra en el desinterés oficial en desarrollar una política de la memoria que destaque la lucha contra la dictadura y su importante aportación en la consecución de las libertades democráticas. Como consecuencia de ello, se ha impuesto un relato triunfalista e idealizado de la transición, que pone el acento en el protagonismo y virtú de las élites –especialmente las procedentes de los sectores reformistas del aparato franquista- y que reduce el papel de la sociedad española al de mera espectadora de un proceso pilotado desde arriba. Esta lectura oficial de la transición ha contado con un importante apoyo mediático, académico, editorial, educativo e institucional debido a su funcionalidad para legitimar el actual marco institucional. De este modo, se ha construido una narrativa sobre la transición tan poderosa que ha marcado las coordenadas y el campo de juego en el que se ha desarrollado el debate público sobre el cambio de régimen postfranquista en España.

    Buen ejemplo de ello son las discusiones y relecturas críticas que de la transición se hicieron al calor de la irrupción del 15M y del nuevo ciclo de protestas nacido en la primavera de 2011. En verdad, la eclosión del movimiento por la recuperación de la memoria histórica, unida a la aparición de una nueva generación activa, sustituta de aquella que protagonizó la transición, había provocado desde finales de los años 90 el ascenso de una mirada menos satisfecha sobre el pasado reciente de nuestro país. Pero no fue hasta el año 2011, en un contexto marcado por la combinación de crisis económica, política y social, cuando dicha mirada alcanzó un mayor relieve y presencia social. A grandes rasgos, se podría decir que el 15M, y la crítica culturalista que creció a su alrededor, vieron la transición como un tiempo de traiciones, subterfugios y componendas en los salones del poder, de cuyo carácter cerrado y opaco se derivan todos los males de la democracia actual.

    Desde mi punto de vista, este tipo de planteamientos adolece de ciertas deficiencias, como la de proyectar los problemas presentes sobre el pasado para hacer de la transición la matriz de todos los procesos políticos, sociales y culturales que se han desarrollado en España en los últimos 40 años. Pero lo más preocupante, en mi opinión, es que esa relectura crítica de la transición ayuda poco a construir una memoria para un proyecto emancipador ya que es en sí misma deudora del discurso oficial para el que la instauración de la democracia fue sólo cosa de elites y de pactos en despachos. La enmienda a la totalidad de la transición lanzada durante los últimos años asume y reproduce los mitos proyectados desde el poder, que han convertido la recuperación de las libertades en propiedad casi exclusiva de un puñado de líderes políticos. Desde tales posiciones se ha atacado a la transición por su carácter elitista y cerrado, obviando lo que de conquista colectiva en la calle tuvo aquel proceso. Por ello convendría plantearse si, desde un proyecto intelectual transformador, no se han cargado demasiado las tintas en una determinada dirección, dejando a un lado la reivindicación de la memoria de la lucha antifranquista como referente alternativo para imaginar un presente y un futuro distintos.

    En todo caso, hoy por hoy parece complicado que el protagonismo que tuvieron las movilizaciones de trabajadores, vecinos, mujeres, estudiantes y otros grupos sociales en la recuperación de la democracia se integre en la memoria con mayúsculas de la transición. Como se extrae del párrafo anterior, la versión canónica de dicho acontecimiento se ha convertido en lo que Pablo Sánchez León denomina como un metarrelato fuertemente vinculado al sentido común y a los profundos consensos culturales aún existentes en la sociedad española. Hecho que dificulta enormemente la socialización del conocimiento procedente de investigaciones históricas que plantean otras interpretaciones del cambio de régimen postfranquista. Y ese, sin duda, es uno de los principales desafíos que tenemos por delante quienes estudiamos la transición desde el compromiso con el cambio político y social.

    Responder
  2. Pablo Sánchez León

    Mi punto de partida es recordar que un relato no desaparece aunque pierda la hegemonía: para esto hace falta que sea efectivamente sustituido por otro que ocupe su lugar. En el caso de la transición española hemos asistido en esta década a la pérdida de la posición dominante del marco narrativo de la transición exitosa y modélica, que ha pasado a ser solo hegemónico; visto así, aunque puede argumentarse que hace aguas, está lejos de quedar condenado a desaparecer. Socavar decisivamente su hegemonía presupone instituir otro marco narrativo, lo que no es lo mismo que elaborar otro relato. Esto último es lo que creo que en general se ha hecho hasta ahora, con las limitaciones que señala con acierto Oscar Martín García —la reproducción del lenguaje y parte de los supuestos interpretativos y los nexos causales explícitos y sobre todo implícitos del viejo marco dominante—. Algo muy diferente sería construir un vocabulario diferente y un listado de cuestiones y problemas comunes que permita la proliferación de nuevos relatos que ya no necesiten referir al hegemónico sino para subrayar su obsolescencia. No estamos ahí aún.

    Para empezar, empíricamente queda mucho por informar, en el doble sentido de reunir, dar significado e hilar información sobre aquel tiempo de fines de los setenta, y dar forma a relatos que puedan aspirar a pugnar críticamente por un espacio ajeno al hegemónico, o incluso contra-hegemónico. La celebración hace apenas un par de meses del primer congreso sobre la extrema izquierda en la transición es ejemplo sobrado de lo que queda aún por hacer en relación con el universo identitario y discursivo que hizo posible las protestas y movilizaciones que jalonaron los acuerdos transicionales.

    Más retrasados vamos en otros terrenos. La transición fue protagonizada por gentes de dos generaciones diferentes, no solo la de los padres, también la de los hermanos mayores de los ciudadanos de hoy, pero estos fueron los primeros derrotados, y por tanto en principio no constan. Ahora bien, aunque fueron sacrificados en nombre de la normalización, esto solo se hizo visible para ellos ya en los ochenta. Por consiguiente, analizar los años ochenta debería ser parte de la evaluación de la transición, algo que está por empezar a hacerse salvo para el consabido asunto del referéndum de la OTAN, los GAL, etc.

    Es esto por cierto algo que permitiría aquilatar y responder adecuadamente a las objeciones que plantea incisivamente Ignacio Sánchez-Cuenca: los problemas de la democracia española pueden haberse larvado más bien en la larga década socialista o incluso más tarde, ya en los noventa, y la correcta comprensión de esta cuestión es clave para la posición que debe adoptarse hoy acerca del futuro inmediato. Por ponerlo en forma de una pregunta un tanto simplona: ¿fue el PSOE un partido “neo-liberal” incluso cuando gobernó con mayorías en los años ochenta, casi indistinguible del PP de hoy (o del PSOE de ahora)? Esto es algo, creo, realmente dudoso que se pueda demostrar, pero de un modo implícito se está sugiriendo al identificar el bipartidismo con toda una economía política de la corrupción instituida y el desmantelamiento de lo público. No es este un espacio para hablar sobre la “década socialista” pero sí para subrayar que historizar los ochenta es indispensable si aspiramos a comprender lo que une y separa la transición del 15M.

    Metodológicamente, lo que está por hacer es insertar el conocimiento que surja de toda esa información sobre la transición en un marco narrativo cuya característica es que ha de poder dar cuenta también de todo lo que el hegemónico ha aportado, en algunos casos para confirmarlo, en otros para desconfirmarlo. Hay por tanto que conocer muy bien ese marco narrativo, no en sus líneas generales sino justo en sus nexos causales específicos, que en su día han abierto debates que son los que han ido reforzándolo y con el tiempo apuntalándolo. Solo así puede diagnosticarse si el paradigma está en estado crítico, o en proceso degenerativo, o tan solo en una huida hacia adelante. Y esa tarea tampoco puede decirse que esté hecha, y sin ella no se puede saber qué críticas hacen falta para terminar de derribarlo intelectualmente.

    Pero la clave está en adoptar un criterio de reflexión teórica, incluso un esquema de problematización teórica, en los dos sentidos complementarios del significado y la explicación. Lo más autolimitador de lo que se escribe sobre la transición es que se mantiene en general en una perspectiva estrechamente politológica, y esto garantiza que el marco narrativo hegemónico no se vea alterado por incorporar temas nuevos, como las protestas callejeras, o sujetos políticos nuevos o hasta ahora invisibilizados, como las mujeres. Lo primero que falta por hacer ver es que esa perspectiva politológica es deficitaria porque se basa en última instancia en el empleo irreflexivo de una categoría, la de correlación de fuerzas, a menudo renombrada como “correlación de debilidades” siguiendo el juego de palabras acuñado en su día por Vázquez Montalbán. Esta categoría es deudora de una percepción estructural, objetivista, que ve las luchas sociales y políticas como composiciones de magnitudes dadas y por tanto susceptibles de análisis de suma cero. Con ella se pierde de vista algo tan elemental como que la fortaleza o debilidad de una fuerza política no se puede calibrar de antemano, sino que se constituye —no solo se expresa— en la lucha misma. Por decirlo de otra manera, la clave de las luchas transicionales y su éxito o fracaso (fracaso o éxito, además ¿para quién? ¿Para nosotros hoy, para ellos entonces?) estuvo en la percepción que los sujetos tenían de lo podían hacer y de lo que no, a menudo en función de la percepción que a su vez tenían de la fuerza o debilidad del poder contra el que se enfrentaban, o del aliado que buscaban. Y ojo porque aquí hay sorpresas, pues hubo entonces propuestas y cursos de acción que si fracasaron no fue por el peso del miedo y la sensación de estar haciendo todo lo que se podía hacer dadas las circunstancias, sino a veces por el exceso de arrojo y entusiasmo y la sensación de estar haciendo demasiado poco por el cambio. La psicología social tiene seguramente mucho campo de exploración y reflexión que ofrecer aquí; pero no creo que se esté asumiendo una agenda en esa dirección.

    Reconectar la experiencia transicional o las experiencias transicionales con el universo social (y cultural, o en clave cultural, no estructural, de lo social) permite recuperar esa componente generacional de la que hablaba antes, dimensión que en los próximos años creo que va a ganar seguramente terreno, en parte gracias a la publicación del libro de Germán Labrador “Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española” (Madrid, Akal, 2017); en cambio no creo de gran utilidad para este asunto el coordinado por Guillem Martínez sobre la “CT o La cultura de la transición”, pues habla de la cultura ya en los ochenta, en tiempo postransicional. Tenemos entonces una curiosa paradoja: contamos con un marco de reflexión desde el que analizar los ochenta, pero solo en el terreno cultural, cuando nos faltan los demás; y contamos con un gran marco para analizar todo sobre la segunda mitad de los setenta, pero no así su cultura. Es avanzando críticamente por esta fisura como creo que en parte se puede terminar de minar la hegemonía del marco narrativo que hemos heredado.

    Dentro de ese terreno cultural, el principal no obstante es para mí el de los imaginarios sociales que acompañaron la crisis de la dictadura. Me refiero en concreto al papel de la clase media como macro-referente identitario colectivo en el terreno de los imaginarios sociales, porque es ahí, y no tanto en las afinidades y discrepancias ideológicas entre franquistas y antifranquistas, o en el divorcio entre la calle y las instituciones donde está el meollo de las continuidades y discontinuidades entre la dictadura y la democracia. Mi interpretación sobre este asunto la he expuesto ya en otro lugar, así que me ahorro resumirla aquí.

    Dicho todo esto, una cosa es lo que la investigación y la reformulación teórica, metodológica y heurística dé de sí dentro de los muros académicos, y otra lo que llegue a calar en la cultura política del país en los próximos años. He empezado diciendo, y vuelvo a subrayar, que ofrecer contribuciones intelectuales de calado sobre la transición es, sigue siendo, tarea esencial. Esto es algo muy distinto a ofrecer interpretaciones y síntesis que, por originales y radicales que parezcan por el diagnóstico crítico que ofrecen sobre aquellos años, se mantienen en el lenguaje del marco hegemónico, con los juegos y engaños que comporta el mantenimiento de su repositorio de conceptos y categorías.

    Pero que sea esencial no significa que sea suficiente: el marco narrativo alternativo, si llega a ser medianamente articulado, se las tendrá aún que ver con las tendencias en la sociedad y la esfera pública española, algo que desborda los esfuerzos académicos por elaborar nuevas narrativa sobre la transición, pues depende más bien del desenlace de la crisis actual en el terreno de la economía política. Si el imaginario mesocrático resulta deteriorado, porque el aumento de la desigualdad y el bloqueo definitivo de la movilidad social se vuelven completamente innegables, entonces habrá bastante mejores condiciones para instituir un nuevo marco narrativo sobre la transición que supere, como bien señala Alison Ribeiro de Menezes, la actual disyuntiva entre dos relatos extremadamente contrarios, uno acríticamente optimista y el otro también acríticamente pesimista.

    Yo personalmente no me siento casi nunca pesimista, pero mi visión es que la clase media española, ese gran mito común al franquismo y al posfranquismo, se va a aferrar con uñas y dientes al estatus que sigue ocupando en el imaginario colectivo de los ciudadanos del Reino de España del siglo XXI. Y no veo que se esté siquiera tomando conciencia de su función adormecedora y despolitizadora, anti-política, así que de la articulación de un imaginario alternativo capaz de apelar a conjuntos grandes de ciudadanos mejor no hablamos. Esto es lo que quiere decir que la exitosa transición mesocrática constituya el metarrelato de la democracia española posfranquista: quiere decir que nos constituye a todos, todavía hoy y a los que aquí escribimos, y que aún no hay evidencias de que estemos suficientemente distanciados de él.

    Responder
  3. José María Izquierdo

    LA TRANSICIÓN UN TEMA PROCLIVE AL ENSIMISMAMIENTO
    (Reflexiones de un valenciano recién salido de un bosque noruego)

    Sobre la Transición os propongo que os leáis o releáis a Manuel Vázquez Montalbán. En concreto “Los mares del sur” (1979) donde se inicia una serie de textos acerca de la geografía social española de la Transición y el postfranquismo. “Asesinato en el Comité Central” (1981) donde se hace una crítica a Santiago Carrillo y su método estalinista de dirección (Leninistas frente a Eurocomunistas en el PSUC). “El pianista” (1985) donde se describe críticamente el fenómeno del desencanto hacia la profesionalización de la política, el pragmatismo político y la ‘realpolitik’. En esa magnífica novela se refuerza la idea de la función (Sartre) del intelectual de izquierdas y la presentación de la historia como estudio del pasado generador del presente (Lukacs). “El pianista” es una obra central en la obra montalbaniana y puede ser muy útil para estudiar y comprender la Transición y sus antecedentes. Sobre la corrupción política es recomendable la lectura de “Sabotaje olímpico” (1993), “El hermano pequeño” (1994) y “Roldán, ni vivo ni muerto” (1994). Y en general sobre la gestión política moderna (Machiavelli) es una novela muy recomendable “O César o nada” (1998).

    Todos esos textos pertenecen a la ficción literaria, si os interesa más el ensayo la lista es más extensa, pero os recomiendo tres: “Panfleto desde el planeta de los simios” (1995), “El escriba sentando” (1997) acerca del intelectual pragmático conservador y del ético de izquierda y la novela que probablemente han leído Ada Colau y Manuela Carmena: “La literatura y la construcción de la ciudad democrática” (1992). Y evidentemente son recomendables sus artículos publicados durante la dictadura en la revista ‘Triunfo’ con varios seudónimos.

    Durante mucho tiempo se escribió críticamente acerca de la Transición democrática en textos literarios, ya que era imposible ser crítico en ensayos políticos o historiográficos sobre ese proceso sin ser acusado por socialdemócratas y comunistas del PCE de aventurerismo, etc. (ver caso de Gregorio Morán).

    La Transición fue en realidad un éxito en el que los únicos derrotados políticamente fueron los fascistas más recalcitrantes y los que defendimos siempre que el cambio de régimen debía tener tintes anticapitalistas (LCR, LC, OIC…), y que debía de combinarse la democracia directa con la parlamentaria, o no podría hablarse de un proceso realmente democrático (pre-Indignados-Podemos). Y fue un éxito porque estableció un régimen político que facilitó la modernización y democratización liberal de un país vertebrado por un sistema político de corte fascistoide. En resumen se consiguió la homologación política española con las democracias de su entorno. Al mismo tiempo fue también como una foto fija de la correlación de fuerzas políticas y sociales, no se pudo hacer más porque no hubo tiempo, ni fuerzas, ni ideas realmente claras acerca de algunos asuntos como la estructura administrativa del país, el engarce de las diferentes naciones/regiones o la propia funcionalidad del Senado. Lo mismo ocurrió con temas de política internacional como son el engarce hispano con organizaciones supranacionales como la OTAN y la entonces llamada CEE.

    Algo muy relacionado con aquella correlación de fuerzas fue la no inclusión de una política clara acerca del olvido y de la memoria de la Guerra civil española y de la posguerra. En este asunto la complicidad de la derecha y la izquierda parlamentaria fue total. Junto a una correlación de fuerzas desfavorable se unió la falta de interés por parte de la socialdemocracia de investigar en un pasado que hubiera desvelado su falta de actividad política durante la dictadura (recordad aquello de ‘PSOE 100 años de honradez y 40 de vacaciones’) o de un PCE que tenía mucho que olvidar de sus actividades durante la GC (Andreu NIN, Fets de maig de 1937 en Barcelona, CNT etc.), por no hablar de la mucha militancia maoísta que terminó en el PP (Josep Piqué, antiguo militante de BR y del PSUC) o en el PSOE. Asunto este del “retorno al hogar paterno” también tratado por MVM en algunas de sus novelas.

    Insisto en que realmente la Transición homologó el sistema político español con el del resto de su entorno (esos fueron los objetivos de la UCD, el PSOE y el PCE, aunque los movieran distintos motivos). Y que por eso mismo vale la pena ver las relaciones actuales existentes entre las sociedades civiles y políticas europeas, para poder enmarcar el debate actual del cambio de modelo político y social. En ese sentido sería bueno que la crítica a la Transición se situara en un contexto geopolítico más amplio, si no es así seguiremos en una especie de bucle ensimismado que llevará a que temas de tanta importancia como el de la recuperación de la memoria histórica nos hagan caer en el hastío.

    Asimismo creo que en las investigaciones de procesos como el de la Transición hay que fomentar los enfoques interdisciplinares jurídicos, históricos, sociales, políticos, económicos y culturales.

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  4. Marina Montoto Ugarte

    Se nos rompió la transición,
    de tanto usarla.

    DEL MITO DE LA TRANSICIÓN A LA CRISIS (DEL RELATO Y DEL RÉGIMEN QUE LO SUSTENTABA)

    Todas las sociedades construyen y ponen en relación relatos y narrativas sobre los procesos políticos y sociales más importantes de su historia colectiva. Esto no es nuevo, y ya nos lo recordaba Halbwachs, que es una necesidad social ordenar todo ese caos infinito de hechos, fechas o procesos, en un relato que haga una selección de ellos, los enmarque y los dote de sentido. Si bien es cierto que siempre se encuentra una pluralidad de relatos sobre un mismo periodo, en muchas ocasiones uno de ellos se consolidará, primando sobre los otros como “EL” marco de interpretación colectiva del pasado, accesible y utilizable por gran parte de la sociedad.

    Es en los años 80’ y 90’ -y no durante el proceso de transición, como se suele pensar, pues los actores implicados no tenían la posibilidad visionaria de saber cómo iba a acabar la historia…-, cuando se produce la consolidación de un relato sobre uno de los periodos más importantes de nuestra historia reciente, como es la transición española. El “mito de la Transición” o el “Discurso oficial sobre la Transición” es un relato que define el proceso como “modélico y pacífico” en torno a cuatro significantes o anclajes importantes: la idea de consenso, la figura de la monarquía, el papel de la Constitución, y la figura de unas élites políticas generosas o (dependiendo del momento) de la prudencia y saber “hacer” de la sociedad civil española. Ese relato de la transición ha sido acompañado a su vez por una “Cultura de la Transición” (Martinez, 2012), es decir, por unas maneras de entender y hacer la política, de clasificar y ordenar los espacios políticos, culturales e institucionales, así como sus reglas del juego, y los actores legítimos o ilegítimos en él.

    Como ya han apuntado algunxs compañerxs del foro, podemos pensar dos eventos o procesos fundamentales (seguro que hay más) que han desquebrajado los cimientos del Mito de la Transición: los movimientos por la recuperación de la memoria histórica, por un lado, y la crisis del Regímen del 78, por otra. Los primeros comenzaron a “sufrir” la transición como barrera legal y simbólica para poder ver satisfechas sus reivindicaciones, o como una fuente de relatos sobre luchas del tardofranquismo que también merecía (y merecen) verdad, justicia y reparación. La otra causa fundamental del quiebre del relato dominante de la Transición ha sido la crisis de su propio régimen político resultante, que –de alguna manera- este discurso sustentaba: el llamado “Régimen del 78”. Es en el momento en que este régimen entra en una crisis profunda, cuando los expertos y la ciudadanía vuelven la mirada a su contexto de producción, que no es otro que el del proceso transicional. Esta lectura se da ahora con otros ojos, desde un presente desmitificador, buscando las causas de muchos de los vicios del sistema político justamente en su punto de partida. De este modo surgen nuevos actores, nuevas demandas, nuevas narrativas, y nuevos lugares de enunciación que resquebrajan hasta hacer estallar el relato homogéneo, cerrado y robusto de la Transición que hasta hace pocos años muy pocos ponían en entredicho. Es así como, de algún tiempo a esta parte, investigadores, artistas, periodistas, escritores, activistas, políticos –y, en realidad, gran parte de la ciudadanía- reconfiguran y reelaboran nuevos relatos sobre el periodo, como si de un puzzle se tratara, un puzzle que se habría roto en sus piezas y que ahora podríamos intentar encajarlas de nuevo de otras muchas maneras.

    DE LOS DISCURSOS TOTALIZANTES SOBRE LA TRANSICIÓN A LOS RELATOS INACABADOS SOBRE SUS EXPERIENCIAS

    Y ahí seguimos, más o menos. En estos cincos años, se ha abierto un espacio social en multitud de campos diferentes (políticos, culturales, históricos, sociales…) en donde lo que está en juego es, justamente, la (nueva) definición de la transición española. Con una multiplicidad de voces espectacular, sin embargo ese espacio puede ordenarse bajo dos ejes o coordenadas. El primer eje tiene que ver con cierta valoración política de los resultados de la transición o con cierta mirada cientifista de “lo que de verdad pasó”, en donde tendríamos además una manera de abordar la transición “definitiva”, que busca de nuevo totalizar o cerrar en otro único relato el pasado. En él, tendríamos, por un lado, la posiciones de aquellos que buscan la recuperación y exaltación del relato mítico (a veces los he llamado informalmente los discursos gañanes, pues se nutren de una mirada masculina basada en el “yo estuve allí y lo hicimos la mar de bien”, véase Javier Pradera); por otro lado, tendríamos aquellos discursos críticos donde la transición es vista como fuente de todos los males de nuestra democracia actual. Como comentan Óscar J. Martín García y Pablo Sánchez León en este foro, el problema de este segundo relato es que, aún crítico, se acaba constituyendo como un mapa inverso al del discurso mítico de la transición, pero siempre en referencia a él y con sus mismos componentes (élites buenas o malas, democracia buena o no, etc.), algo así como “el otro lado” de la serie Stranger Things, o el negativo de una fotografía que sin embargo singue siendo la misma. Véase el punto conspiranoide y rencoroso del, aún lucidísimo, Gregorio Morán. Además, como también se ha apuntado en otros textos, este relato deja poco espacio a una manera de construir una alternativa política desde una dimensión posibilitadora y sensible a los procesos de agencialidad política, ya que no contempla la posibilidad de recuperar las luchas populares de aquellos años porque se ha negado toda dimensión positiva y contingente del proceso, pues parte de un marco de interpretación en donde en la transición (desde dentro, por los artesanos como Suárez, o desde fuera por Estados Unidos y la CIA) ya estaba todo “atado y bien atado”.

    Lo interesante puede ser, entonces, pensar la transición en el otro eje o coordenada, que es aquella que busca reelaborar desde el presente los relatos de la Transición que puedan democratizar tanto nuestra relación con el pasado como nuestros proyectos de futuro. En este sentido, ya el objeto en juego no se encuentra tanto en definir qué fue la transición (si lo mejor de nuestra historia o la gran traición), en ese impulso de querer cerrar el acontecimiento de lo que fue, sino que la transición se utiliza como habitat de relatos, culturas y biografías hasta hace poco no formuladas o investigadas, en un descubrimiento constante de nuevas realidades del proceso transicional conectadas con nuestro presente (entiendo que por ahí van las reflexiones de Martín Garcia o Sánchez León, y también las investigaciones de Germán Labrador). Esta manera de relacionarse con el pasado parte de un marco epistemológico claro en ciencias sociales, pero que a veces ha costado sostener en la praxis política. Éste parte de que la(s) memoria(s) se resignifica(n) según el contexto presente —muy relacionado con las expectativas de futuro y las diferentes estrategias de los sujetos—, asumiendo la imposibilidad de aprehender el pasado en su totalidad, y de la existencia de tantos pasados como lugares desde donde reelaborarlo.

    LA VISITA GUIADA DE MARTXOAK HIRU Y LA POSIBILIDAD DE TRANSFORMAR EL RELATO DOMINANTE DE LA TRANSICIÓN

    Uno de los objetivos más interesantes podría ser, en ese sentido, el de ampliar lo máximo posible los relatos, las miradas, las luchas y los sujetos colectivos de una época densa y rica como fue la Transición, que puede ofrecernos muchas herramientas en la crisis política, económica y social que vivimos, sin tener que obsesionarse tanto con qué fue la transición sino qué cosas interesantes (para nuestro ahora) pasaron. Esto fue lo que experimenté, en julio del año pasado, en una visita guiada realizada por el colectivo de Martxoak Hiru Elkartea (3 de marzo) recorriendo el barrio donde sucedió la Matanza de Vitoria el 3 de marzo de 1976. La visita es un buen ejemplo de cómo reelaborar desde el contexto presente las luchas desde un paradigma demo-popular o cívico-popular (Labrador, 2014) de la transición, y conectarlas con nuestras posibilidades emancipadoras en el presente.

    Esta asociación lleva más de 15 años exigiendo Verdad, Justicia y Reparación para las víctimas de la masacre del 3 de marzo de 1976, en donde murieron cinco jóvenes y centenares de personas resultaron heridas. Pero no sólo exigen justicia. Durante la visita guiada por el barrio de Zaramaga, a través de anécdotas cotidianas, referencias musicales, bromas, recuerdos, las voces de un hombre y una mujer de una AudioGuía narran las luchas populares de finales de los 70: las protestas por el encarecimiento del coste de la vida, las asambleas multitudinarias de obreros y currelas, el partido de fútbol femenino entre las mujeres de los huelguistas y las mujeres trabajadoras, las vidas de la gente común. Al ir andando y escuchando, el sujeto se da cuenta de que podría ser cualquiera de esas personas de las que hablan, estar perfectamente escuchando el día a día de un barrio de ahora, las manifestaciones del 15M en la plaza de Sol, la solidaridad. Esto permite que ese sujeto, que camina por esas calles, se sienta parte de una historia colectiva que va más allá de su momento concreto, y construir un lazo y un vínculo con esas personas, experiencias y luchas del pasado. Justamente el verdadero trabajo de memoria colectiva podría ser éste: más que el “recuperar algo que ya estaba ahí”, ver en la reelaboración de esos otros pasados algo de nosotr@s mism@s, hacernos sentir iguales, parte de una misma cosa, poder intercambiarnos por ese Otro. Pero no sólo se queda la operación en la construcción de una “comunidad de memoria”, sino también en un proyecto de comunidad política. En este sentido, el lazo social, el lazo con el Otro, es lo que permite hacer política. La posibilidad de lo nuevo, de lo diferente, de lo todavía no escrito (eso es la política), no pasa sólo por imaginar un mundo diferente, sino por experimentarlo a través del Otro, sea un Otro contemporáneo o un Otro del pasado.

    Revisitar, reinterpretar y reapropiarse de las experiencias de la transición desde marcos o contextos presentes, entendiendo que hubo tantas transiciones como relatos y maneras de contarla, puede ser una manera de salir de este enquistamiento que se ha producido entre Transición sí o Transición no. En primer lugar, porque creo que desde las investigaciones críticas, entender que no hay ningún pasado aprehensible en su totalidad permite una rigurosidad epistemológica importante y un buen punto de partida teórico y metodológico para enriquecer el debate desde la academia. En segundo lugar, reflexionando desde cierta condición ciudadana, porque no buscamos tanto la sustitución de un “relato sí” por un “relato no”, sino la transformación del relato dominante: empujándolo, ampliándolo, haciéndolo explotar desde dentro con la inclusión de más miradas, mas luchas, más experiencias. En este sentido, no creo que sea imposible la incorporación de las rememoraciones de las luchas populares en el relato dominante de la transición. Además, porque sabemos que para generar nuevos marcos de interpretación hegemónicos, siempre hay que hacer(lo) con parte de los mimbres del sentido común vigente. A lo mejor, un día echamos la vista atrás y vemos que ese relato común y accesible a la mayoría no es el mismo de hace diez o veinte años. Que ha acabado convirtiéndose, afortunadamente, en otra cosa, por efecto de una especie de combustión interna.

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